Transcurrido un mes desde que tomó posesión el Presidente de la República es natural que se traten de hacer evaluaciones sobre sus logros y desafíos, situación en la que hasta el mismo Gobierno cayó porque el primero en evaluarse fue el mismo mandatario en una exposición pública de sus avances y de las dificultades que encontró. La verdad es que un mes es muy poco tiempo para medir resultados porque hay que entender que los problemas del país son estructurales y no se pueden enfrentar de forma mágica ni simplemente a base de buenas intenciones.
Si nos detenemos simplemente en dos de los desafíos que tiene el Gobierno, el de la seguridad y el de la pobreza, tenemos que reconocer que nada puede lograrse en un mes. De la misma manera en que consideramos un error que el Gobierno presuma de una reducción de los asesinatos, creemos que es equivocado culparlo de la crisis de seguridad provocada por la muerte de los pilotos del transporte. Pero esa tendencia que tenemos a verlo todo en la reducción del corto plazo se ve alentada por expectativas erróneas como la de un plan de cien días que apunta a temas estructurales, cuando un período como ese puede servir, si mucho, para iniciar acciones que darán frutos dentro de muchos meses, acaso cuando ya haya terminado el período del gobierno si es que fueron bien diseñadas.
Cuando termine el gobierno seguramente escucharemos a las autoridades salientes decir que en cuatro años no se pueden resolver los problemas ancestrales del país. Si eso es cierto, como lo es, a cuenta de qué se puede pretender que en treinta y un días del primer mes de gobierno haya logros espectaculares de los cuales se pueda presumir. Para presentar esos logros se tiene que recurrir al maquillaje que encuentra fundamento en el papel que históricamente juegan las roscas de allegados que acrecientan su poder endulzando el oído del gobernante. No es un problema de ílvaro Colom, sino un problema de la naturaleza humana porque cualquiera que se acerque a éste o cualquier otro mandatario planteando aspectos negativos o simplemente diciendo la verdad, estará en desventaja frente a los que se acercan para endiosarlos y aplaudirles todo lo que hacen y dicen.
Trescientos cuarenta y tres muertos por arma de fuego en un mes seguirá siendo una cifra muy alta aunque en igual cantidad de días del final del gobierno de Berger las muertes hayan sido trescientas setenta y ocho. Estamos hablando en ambos casos de más de diez muertos a tiros diariamente, lo cual es mucho y no constituye un resultado del que, honesta y moralmente, se pueda presumir. Cierto es que el índice de violencia no bajará de golpe y porrazo y que reducirlo día a día es parte del reto y del desafío, pero hay que entender que en alzas y bajas de esas cifras influirán varios factores que escapan al control de las autoridades.
No se trata de conformarnos pensando que como todo ha estado mal durante tanto tiempo no se pueden lograr resultados ni creer que si el tango dice que 20 años no es nada, menos puede ser el transcurso de apenas treinta y un días. Cabalmente porque la situación es tan grave y las condiciones del país en cuestiones vitales como seguridad, pobreza, educación y salud son alarmantes, es mucho mayor la urgencia de hacer cosas y hacerlas bien. Pero la evaluación realizada ayer, tanto por el Gobierno como por quienes comen ansias por ver resultados, nos parece impropia porque nos limita a una visión de cortísimo plazo cuando lo que nos hace falta es trabajar con mentalidad de transformar al país profundamente.