En esta época en la que se vale teorizar sobre cualquier cosa, desde si las encuestas influyen o no o si las campañas negras tienen efecto positivo para quien las lanza, es bueno que reflexionemos un poco sobre lo que debiera ser la actitud del ciudadano frente a la práctica de utilizar medios anónimos para lanzar cualquier clase de insultos e improperios como parte de una estrategia de campaña política. Porque la verdad es que las campañas son útiles y producen su efecto en la medida en que nosotros, los ciudadanos, las tomamos en cuenta y contribuimos a difundirlas mediante el rumor, el comentario malicioso y la maledicencia a la que somos tan dados cuando se trata de abordar cuestiones como la honra de las personas.
De entrada la lógica diría que la campaña negra le debiera hacer más daño a quien la fabrica que a la víctima de los ataques, porque uno pensaría que cualquier elector sensato entendería no sólo la patraña, sino el origen de la misma. Sin embargo, como en esto de la política no existe una lógica fundamental ni se aplican los silogismos con la precisión que uno quisiera porque son más importantes las falacias, resulta que es mucha la gente que aun sabiendo que es campaña negra repite hasta el cansancio todo lo que se dijo. No hace mucho tiempo, un grupo de personas conversaba alegremente y con la mayor tranquilidad sobre las preferencias sexuales de uno de los candidatos a quien las campañas negras habían pintado como homosexual que gozaba de la compañía de varios jovencitos. Y nadie, en el grupo que era numeroso, puso siquiera en tela de duda si era o no cierta la acusación, sino que simplemente la dieron por válida.
Ese candidato, que ya no participa en la contienda a estas alturas, nunca pudo defenderse de una acusación de ese calibre y posiblemente no percibió el daño que los mensajes de correo electrónico hicieron a su honra y a la de su familia. Pero cuando uno se da cuenta de la reacción del público y de cómo admiten como ciertas las patrañas que se puedan decir en forma anónima, se da cuenta que el impacto de esas campañas es terrible, devastador y perdurable porque ahora, aunque el individuo ya no esté en campaña, se le asociará para siempre con las acusaciones que se le hicieron.
Y creemos que eso es lo más ingrato de las campañas negras, puesto que van todas dirigidas a destruir honras y a destruir a las personas sin que exista oportunidad de defenderse o de aclarar nada. Los golpes se propinan y luego tienen efecto si no en la intención de voto, sí de manera definitiva en la percepción colectiva de quienes reciben y propagan los mensajes, sea reenviándolos o también mediante la conversación «casual» en la que se da absoluta carta de veracidad a lo que dicen las campañas negras.