Largo camino para nueva estrategia antidrogas


Oscar-Clemente-Marroquin

Un año después de haber lanzado públicamente su tesis de la despenalización de la droga y la necesaria búsqueda de nuevas formas para combatir el problema y sus sangrientas consecuencias en estos países, el presidente Otto Pérez vuelve a la carga al replantear el tema en la reunión anual del Foro Económico Mundial que se realiza en Davos, Suiza, y adelantó que este año se plantea la realización de una cumbre en Tikal para discutir la cuestión.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


Sabido es que el primer valladar, por cierto de inmensas proporciones, lo puso la administración de Obama al rechazar sin contemplaciones la propuesta de Pérez Molina que se había convertido en el primer mandatario en ejercicio del cargo que lanzaba tan osada propuesta. Otros que ejercieron el poder en distintos países y que vivieron en carne propia los efectos de la estéril lucha contra el narcotráfico con los patrones dispuestos precisamente por Estados Unidos hace más de cuatro décadas, han llegado también a la conclusión de que lo único cierto es que esa estrategia fracasó y que no ha detenido el flujo de estupefacientes, no ha reducido el poder de los traficantes ni ha mermado la violencia inherente a ese negocio ilícito.
 
 Es más, el negocio del narcotráfico ha sido un factor más de corrupción en los países que lo viven y sus instituciones resultan altamente contaminadas por el flujo de dinero que genera la venta y el desplazamiento de los distintos tipos de drogas. Ni siquiera las élites económicas, con su poder, han podido librarse de esa contaminación porque llega un momento en que las redes se encuentran tan extendidas que es difícil determinar cuáles son negocios que lavan dinero de la droga o cuáles los que pretenden limpiar y borrar las huellas de la corrupción en la que participan con total desfachatez hasta muchos “prestigiosos empresarios”.
 
 Por principio se asienta la tesis de que siendo el narcotráfico una actividad ilícita, criminal y peligrosa, no queda otro remedio que el de atacarlo de manera frontal con todo el poder del Estado. Sin embargo, hay desequilibrio en la exigencia porque el gran mercado de los estupefacientes sigue demandando abastecimiento sin que se haga un serio esfuerzo por combatir la distribución y trasiego de droga adentro de los Estados Unidos, por lo menos no en la proporción en que se exige a los países que cada año son cínicamente “certificados” por Washington de acuerdo si satisficieron o no sus exigencias.
 
 Mientras haya demanda, el narcotráfico será un gran negocio y sus ganancias más altas mientras se mantenga como un comercio ilícito. Estados Unidos, su pueblo, ha decidido ya en varios estados la legalización de la mariguana, por ejemplo, mientras que Washington sigue exigiendo a países como Guatemala que se rajen la madre enfrentando a los que la siembran o la distribuyen, lo que obliga a decir literalmente: ¡Ve que de´al pelo!
 
 Los argumentos que hoy se esgrimen contra las drogas son exactamente los mismos que durante la prohibición se esgrimieron contra la venta y comercio de licores en Estados Unidos, época en la que se hizo florecer a la mafia porque explotó justamente esa demanda que no se contiene con prohibiciones.
 
 Si las drogas son un problema de salud pública o un problema social, la forma de enfrentarlas es haciendo conciencia en la población sobre sus consecuencias. Pero es arrogante para un imperio permitir y tolerar el consumo de drogas adentro de sus fronteras, y el comercio de las mismas por sus propias mafias sin que sean atacadas porque ningún capo del narcotráfico norteamericano cae nunca, mientras que a países pobres y sin recursos se les exige y sanciona por no librar una batalla que seguirá siendo estéril mientras al norte sigan fumando, inyectándose o ingiriendo todo tipo de estupefacientes.