Lamas tibetanos enseñan a calmar los sufrimientos



Ataviados con sus túnicas púrpuras, los lamas del instituto Dhagpo Kagyu Ling, la sede europea de la tradición tibetana Kagyupa instalada en el suroeste de Francia, ayudan a la gente durante el verano a «calmar sus sufrimientos» antes de volver al trabajo.

En cuclillas sobre un taburete rojo, ante 80 personas sentadas con los pies descalzos sobre unos cojines, el lama Puntso, un monje occidental con el cráneo afeitado, enseña el arte de romper con «la percepción conceptual de las cosas».

«El espí­ritu es vasto y el objetivo de la meditación es volver a encontrar esa amplitud. Sin embargo, la identificación con el cuerpo es un obstáculo», afirma con una voz suave.

Los participantes, de todas las edades, toman nota en silencio. El curso, en el pueblo de Saint-Léon-sur-Vézí¨re y de dos dí­as de duración, ha tenido que colgar el cartel de «completo».

Según el lama Puntso, Pierre para el estado civil, «el 90% de la gente viene aquí­ porque hay algo que no funciona en sus vidas».

El instituto Dhagpo Kagyu Ling, abierto desde hace 30 años, recibe cada año entre 3.000 y 5.000 personas de toda Francia, así­ como de España, Bélgica o el Reino Unido.

Las enseñanzas corren en su mayorí­a a cargo de monjes occidentales, aunque algunos maestros tibetanos acuden también a veces.

Otro de los responsables de la congregación, el lama Tcheupel Zangpo, de 49 años, 12 de ellos pasados en su retiro de Auvergne (centro de Francia), considera que «el camino de Buda es ir hacia la liberación de la confusión y del sufrimiento».

Budista desde 1990 e inscrito en los cursos de meditación, Robert, de 68 años, asegura: «Yo no habí­a encontrado el sentido de la vida. A mi edad, necesitaba confianza, y he encontrado en el budismo las herramientas espirituales necesarias».

Para este adepto de la franc-masonerí­a desde hace 32 años, que querí­a «ir más lejos», el budismo es «actual y fácil de aplicar en la vida cotidiana».

Anne-Sophie, una enfermera de 27 años residente en Parí­s, fue por primera vez al instituto hace seis años para «liberarme de mis sufrimientos y deshacerme mejor de los sentimientos violentos» ligados a su profesión.

Sus primeros cursos sobre el luto la animaron a seguir, pero sin sentir en ningún momento la obligación de seguir una religión.

En el caso de Anila Trinlé, de 58 años, fue la muerte de su marido lo que le dio ganas de aprender a analizarse. Tras abandonar la región de Parí­s para instalarse cerca del instituto, ahora acompaña voluntariamente a los enfermos o a las personas que van a morir en un hospital.

Ninguno de ellos siente la necesidad de viajar al Tí­bet para vivir más de cerca la práctica, ya que, como dicen, «el budismo no tiene nacionalidad».