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Casi sin aliento llegó un hombre corriendo a la estación:
Déjeme usted pasar, por favor, debo irme en ese tren.
En este momento acaba de partir contestó el portero.
¡Dios mío! ¿Y qué hago ahora? Tenía que irme sin falta en ese tren pero tengo tan mala suerte que seguramente hoy salió adelantado.
Sin embargo este hombre no tenía derecho a quejarse pues el tres salió con toda puntualidad. Era él quien no solía ser muy exacto para llegar a ninguna parte.
Es casi seguro que nunca llegaba puntual a sus compromisos pues desde niño se acostumbró a llegar tarde y de allí nació su despreocupación y desdén por el tiempo.
Será puntual aquél que puede apreciar el tiempo porque sabe que una vez que se pierde no se recupera jamás, y que no se hará esperar de los demás porque estima los minutos ajenos como los suyos propios.
El que no sabe ser puntual no merece
gran confianza cuando da su palabra.