Red Andi América Latina
La escuela refleja en parte la sociedad a la que pertenece. Los niños, niñas y adolescentes tienen en el centro escolar, un escenario social donde inician y consolidan sus relaciones personales, aprenden a resolver sus conflictos y adquieren formación para su futuro.
Sin embargo, la realidad nos dice que la escuela en América Latina y el Caribe se ha convertido en un espacio de riesgo para los niños, niñas y adolescentes porque en ella confluyen formas de violencia con diversas prácticas, como por ejemplo conflictividad en las aulas, violencia física y psicológica, acoso sexual, entre otros, ya sea de profesores hacia los estudiantes o viceversa, así como de otros adultos que forman parte de la estructura escolar, y entre los mismos escolares.
El informe sobre «Acabar con la Violencia contra los Niños, Niñas y Adolescentes» de la Organización de las Naciones Unidas, producido por el experto independiente Paulo Sérgio Pinheiro (2006), señala que la violencia es el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra un niño o niña, por parte de una persona o un grupo, que cause o tenga muchas probabilidades de causar perjuicio efectivo o potencial a la salud del niño, a su supervivencia, desarrollo o dignidad.
La violencia en la escuela es un hecho que pocas veces se pone de manifiesto y menos aún, se le da la atención necesaria desde las instancias gubernamentales y la propia escuela, para poder erradicarla.
La investigación de Pinheiro, que toma muy en cuenta los testimonios de niños y niñas escolares evidencia que «el castigo corporal, la sanción psicológica y el acoso sexual en las escuelas y colegios son instrumentos cotidianos que se manifiestan en prácticas culturales de abuso hacia los niños, niñas y adolescentes al interior de las instituciones educativas».
Algunas consecuencias que produce esta forma de violencia son daños físicos y psicológicos que se constituyen en factores negativos para el aprendizaje porque la exposición temprana a la violencia puede tener impacto en la estructura del cerebro que está en proceso de maduración. En el caso de exposición prolongada a la violencia, inclusive como testigo, puede provocar mayor predisposición a sufrir limitaciones sociales, emocionales y cognitivas durante toda la vida, a la obesidad y a adoptar comportamientos de riesgo para la salud, como el uso de sustancias adictivas, tener relaciones sexuales precoces y el consumo de tabaco, señala el mencionado informe.
El fenómeno del «bulling» o proceso de intimidación
Nadie en el curso entendía lo que estaba pasando. En un ataque de ira, Leonardo, un niño de 10 años, uno de los más tranquilos estudiantes de la clase, amenazó a gritos a sus compañeros con traer un arma para agredirlos. En silencio, y desde hacía meses, el niño era víctima de burlas y persecuciones constantes por parte de un grupo de escolares de su curso.
Reacciones como ésta tienen su origen en el llamado «bulling» o proceso de intimidación, una forma de violencia silenciosa que por lo general puede pasar desapercibida.
El «bulling» se da cuando un estudiante o grupo mantiene una conducta de persecución física y/o psicológica contra otro, al que elige como víctima de repetidos ataques. Romper o esconder objetos personales, dejar mensajes escritos, burlarse de señales personales, colocar apodos, planear citas o amenazas a escondidas son algunos de los métodos que elige el victimario y, que generalmente, pasan desapercibidos para el profesor.
Existen casos en los que los mismos docentes «se prestan» a ello contando chistes que promueven el racismo, el machismo y la discriminación, bajo la forma de bromas «inofensivas» dentro del aula.
Guatemala: niñas son más violentadas en la escuela
Una reciente investigación realizada por ACTION AID Internacional en Guatemala «Violencia contra las Niñas en la escuela y sus alrededores: visión de las Niñas, 2006», arroja datos preocupantes.
El trabajo se realizó en 20 escuelas públicas y privadas del nivel primario, ubicadas en áreas rurales y urbanas de ocho municipios. Participaron un total de 504 niñas y 421 niños. Además participaron 113 profesores y 98 padres y madres de familia de las escuelas seleccionadas.
Algo que llama la atención de este estudio es la constatación, a través de las diferentes manifestaciones de las propias niñas, de la percepción que ellas tienen de sentirse amenazadas en su integridad física e invadidas en su libertad e intimidad. Los datos que arroja este estudio, avalan esta percepción:
Cotidianamente, en las escuelas, se cometen altos índices de agresiones físicas, emocionales, sexuales y de exclusión hacia las niñas. Los índices de abuso sexual son más elevados en las áreas rurales que en las urbanas, un 39% contra un 13% respectivamente.
Todas las niñas que participaron en la investigación manifiestan ser víctimas de las agresiones físicas: empujones, golpes, jalones de pelo, aruñones, escupidas, patadas y pellizcos.
En cuanto a las cifras referentes al abuso sexual, son aún más alarmantes. 22 de cada 100 niñas son víctimas de tocamientos en partes del cuerpo que les hace sentirse incómodas.
Ausencia de legislación
Dicen que lo que no está prohibido, está permitido. En el continente no se cuenta con datos exactos sobre el uso de castigos corporales en las escuelas y centros de educación formal que permita afirmar la gravedad y frecuencia de tales acciones o si se trata de una conducta marginal u ocasional, pero definitivamente es una violación a los derechos humanos.
El informe de Pinheiro, indica que sólo el 42% de los niños y niñas escolares, en América Latina y el Caribe están protegidos contra los castigos físicos en la escuela, en tanto que el 58% está en total desprotección de esa forma de violencia ejercida por los maestros, maestras, directores, y personal de la estructura escolar.
Sólo 5 países latinoamericanos tienen leyes que prohíben expresamente el castigo corporal o físico en la escuela: República Dominicana, Ecuador, Honduras, Venezuela y Haití, según la mencionada investigación.
Es fundamental que el Estado establezca una legislación consensuada y estudiada para que la escuela sea un espacio seguro para la niñez y la adolescencia, si no no se podrá avanzar en la construcción de una cultura de paz y de convivencia respetuosa.