Juan José Arévalo Bermejo tuvo la lucidez de mantenerse equidistante tanto del comunismo soviético como del fariseísmo capitalista. Ese equilibrio sólo podía alcanzarlo con una postura filosófica que él denominó socialismo espiritual. Es una formulación surgida del liberalismo con sentido socializante. El liberalismo enfatiza en el valor de la personalidad individual. El socialismo es una ética, pues plantea solucionar los problemas sociales antes de atender los intereses particulares. El liberalismo y el socialismo no se contradicen: aunque el primero tiene consecuencias en la vida económica, su verdadero ámbito de acción es la vida espiritual. La defensa de la dignidad humana no es incompatible con una justa regulación de la economía pública. La socialización de los servicios públicos es posible en la seguridad ciudadana, la educación y otros rubros, lo cual no obliga a extender la socialización hacia la agricultura, el comercio y la industria.
El pensamiento de Arévalo Bermejo, puesto en práctica durante el período de su presidencia, era de un liberalismo social en el plano filosófico. Su método de gobierno fue democrático, es decir, procuró cierta socialización con un respeto irrestricto de la persona individual. El socialismo espiritual constituye el antecedente más importante de la Filosofía de la Liberación (FL), la más original sistematización filosófica realizada desde América Latina. í‰sta no es una filosofía de despacho, realizada por un filósofo apartado de la realidad, o sea, una «filosofía para filósofos» a la que se refirió Kant. La FL no renuncia a ser una reflexión estrictamente filosófica. Busca dar respuestas a la situación de sometimiento en la que viven los pueblos y las personas en el Sur subdesarrollado, y allí donde se manifiesta la expoliación del hombre sobre el hombre o de la Totalidad sobre lo distinto.
El pensamiento de Arévalo mantiene su vigencia y se apoya en tres ideales que los «demócratas» de hoy porfían en enunciar, pero muchas veces soslayan: el derecho a la discrepancia; el respeto por la diversidad cultural y política; y el enriquecimiento de la vida a partir de la educación. Estos ideales ardieron durante la Revolución de Octubre y, aunque disminuyeron su intensidad, permanecen vivos. Sólo falta el viento social que, al agitar esa hoguera espiritual, la alimente, pues ya no podrán extinguirla.