No cabe duda que uno de los sentimientos más fuertes en la vida es aquél que nace con los hijos, seguramente propiciado por esa fuerza que impone la creación de la vida, que se consolida con el acto de nacimiento pues resulta ser uno de los momentos más sublimes que como padre uno puede vivir, constituye esa transmisión de la sangre, la constitución de una nueva existencia, la generación de una responsabilidad para siempre y la creación de un amor eterno.
Luego de ese momento imborrable, se presenta la infancia, una etapa preciosa en donde uno va observando los cambios en diferentes aspectos de los hijos. En lo físico, se puede ver su crecimiento, sus modificaciones de figura, el crecimiento de su cabello, sus piernas y todo lo relativo a su cuerpo. En el lenguaje, se puede constatar cómo pasan de pequeños monosílabos a palabras, de palabras a frases y luego a pequeñas oraciones. También es maravilloso verlos ejecutar cuestiones físicas, como jugar, como nadar, como bailar, como cantar. Esta etapa resulta imborrable, llena de anécdotas y uno puede decir que es una de las etapas más felices de relación por la cercanía, la estrechez de la relación con ellos, la dependencia total de uno como padre y la total entrega de los padres hacia ellos.
Mis tres hijos, en esa etapa me dieron enormes momentos de felicidad, verlos crecer fue notable. Sofía Alejandra, muy despierta, muy viva, imitadora total, además que tenía carácter para ordenar y dirigir. Lucía Gabriela, más tímida en esos años, seguía Sofía, alegre, traviesa, incansable y muy fuerte, con su hablar infantil y con problemas en la r y la p, hacía reír todo el tiempo. Juan José, como único varón, me recuerdo que era muy observador, inquieto, incansable, no lo olvido sobre su camión. Fue una etapa de mucho cariño, de mucho amor, muy cercana, me hicieron inmensamente feliz.
Apunto unas anécdotas inolvidables. Sofía hizo un dibujo de la familia y me hizo colocho, entonces le digo, “pero yo no tengo el pelo así” y me contesta, “ni modo que te iba a dibujar pelón…”. Lucía, una vez refaccionando en la Palace, ante la negativa de Sofía de comer algún postre con chocolate, le dice, siendo dos años menor: “cuando tengás mi edad te va a gustar el chocolate…” Juan José, una vez que nos preparábamos para ver un eclipse lunar, se puso su casco amarillo de construcción de juguete y dice: “ahora estoy listo por si se cae la luna…”
La adolescencia llegó con las rigideces de los horarios del colegio, me gustó en todos, que propiciaron amistades desde pequeños, pero principalmente las dos mujercitas, hoy sus grandes amigas las conozco desde que eran unas güiras, las carreras de las clases, sus responsabilidades educativas, sus primeras fiestas y las consabidas desveladas. Otra etapa de muchas inquietudes, preguntas, dudas, consultas, alegrías.
Hoy que ya todos son mayores de edad, los contemplo distintos, siguen siendo muy cercanos a mí, siguen manteniendo una buena relación conmigo, pero ya tienen sus propias agendas, sus propios compromisos, sus propios sueños, sus propias conquistas. Hoy, ya los padres, no somos prioritarios, pero seguimos siendo importantes. Yo me precio de que mis hijos me acompañan a diferentes compromisos familiares o de amigos, todavía desayunamos juntos los fines de semana y, cuando se puede, cenamos juntos.
Mis hijos, como todo padre orgulloso, son los mejores del mundo, como todos los padres decimos, ellos constituyen el tesoro más grande que puedo tener en la vida, representan el porvenir, llevan consigo una alforja de sueños, de afanes, de inquietudes, van para adelante buscando y tejiendo su propio destino, haciendo sus propias relaciones y con la fe que saldrán adelante y serán personas de bien, de eso estoy seguro. Vaya para ellos este pequeño homenaje de un padre orgulloso y feliz.