El conocimiento es la verdad regida por el amor a Dios. La verdad es inalterable, eterna e inequívoca, porque sólo Dios creó lo que es real, sin opuestos, ni principios, ni fin, porque simplemente es la verdad.
Hay pensamientos que se oponen surgidos del Conocimiento y de la Percepción, y estas últimas normas también se resisten entre sí, según veremos más adelante.
En el ámbito del conocimiento no existe ningún pensamiento aparte de Dios, porque í‰l y su creación comparten una sola voluntad.
En el mundo de la percepción todo se basa en creencias opuestas, voluntades separadas y conflictos entre ellas y Dios. Lo que la percepción ve y oye es de una apariencia real, porque sólo admite en la conciencia aquello que concuerde con los deseos del perceptor, y esto da lugar a un mundo de ilusiones, que es necesario defender sin descanso porque no es real ni verdadero. Una vez que alguien quede atrapado en el mundo de la percepción, lo ha pillado un sueño, y de él no puede, si ese es su deseo, escapar sin ayuda, porque todo, lo que sus sentidos le muestran, da fe de la realidad del sueño. Dios nos da la única respuesta, el medio de escape, con la intervención de su Ayudador, de entre los dos mundos, es asimismo su Voz, estamos refiriéndonos al Espíritu Santo.
El Espíritu Santo puede hacer eso porque, si bien, por una parte conoce la verdad, también reconoce nuestras ilusiones, aunque puede no compartirlas. El objetivo del Espíritu Santo es ayudarnos a escapar del mundo de los sueños, enseñándonos cómo cambiar nuestra manera de pensar y cómo corregir nuestros errores.
El recurso indudable que no fracasa es el perdón, por lo que hicimos o dejamos de hacer, instrumento poderoso que no riñe con nadie y que í‰l utiliza para llevar a cabo ese cambio de lo que podemos o debemos realizar porque no se ajusta a nuestra manera de razonar, es decir de soñar.
Consultado y preparado por Jorge Mario Diéguez Pilón, para su familia y amigos.