Tengo a la vista una de las páginas de La Hora que incluye sendas fotografías de dos niños que desaparecieron de sus hogares y hasta el momento en que escribo estos apuntes se ignora de su paradero. Miguel Arcángel Velásquez Ávalos es un chico de apenas 3 años de edad, quien se extravió o fue víctima de algún delito, desde el 30 de octubre anterior. El otro niño es Andy Daniel Mendoza Lemus, de 7 años, desaparecido el 6 de noviembre pasado.
Su familia vive en el Condominio Monte Cristo de San José Pinula; mientras que el hogar del primero se ubica en Ciudad Pedro de Alvarado, Jutiapa.
Estos dos chiquillos integran la escandalosa cantidad de 4 mil 642 menores que supuestamente desaparecieron en todo el país durante los primeros 10 meses de este año, y digo presuntamente porque afortunadamente el 25 % ha sido localizado por las instituciones estatales y sociales que integran una efectiva red que funciona en el territorio nacional al amparo de la ley denominada Alerta Alba Keneth, en tanto que un 15 % no fue víctima de secuestros, sino que se fugaron de sus hogares por su voluntad, derivado de maltrato, alcoholismo, drogadicción o conductas antisociales de sus padres, además de quienes son reclutados por bandas juveniles, y otras causas a las cuales me referiré extensamente y con informaciones convenidas con el abogado Franklin Aguirre, funcionario de la Procuraduría General de la Nación, con quien conversamos telefónicamente, habiéndome adelantado esos y otros datos que no retuve ni tomé nota.
Mi interés por estos casos surgió a raíz de la noticia referente a la captura en la ciudad yucateca de Mérida, México, de Roberto Eduardo Barreda de León y el retorno a Guatemala de los niños procreados con la señora Cristina Siekavizza, de quien se carece de información acerca de su paradero, y que ha constituido un caso paradigmático que atrajo y sigue acaparando la justificada preocupación o atención de la mayoría de guatemaltecos.
Yo tampoco permanecí impasible ante el incierto destino de la madre de los hijos de esa pareja y sus dos niños, y precisamente ese estado de ánimo me condujo a meditar e indagar periodísticamente sobre las circunstancias de la desaparición de aquellos chiquillos cuyos casos han pasado desapercibidos, salvo publicaciones de sus fotografías y sus principales rasgos en páginas de La Hora, sin costo alguno.
No es mi intención minimizar en absoluto el Caso Siekavizza y sus implicaciones. Al contrario; me satisface el buen resultado de la operación de búsqueda de los niños y la captura de su padre emprendida por el Ministerio de Gobernación y el Ministerio Público, y la colaboración del gobierno mexicano, además de que confío en que pueda dilucidarse el paradero de la indefensa joven señora Cristina.
Este penoso asunto me motiva a reflexionar sobre decenas de niños de modestos hogares de quienes se ignora su destino, ante la fría indiferencia de casi toda la colectividad.
(Romualdo Tishudo lee a Quino en este diálogo entre Mafalda y su mamá: -¿Por qué tengo qué hacerlo? –¡Porque soy tu madre y lo ordeno! -Si es cuestión de títulos, yo soy tu primera hija y nos graduamos el mismo día ¿O no?).