Cada vez que se devela el Informe de Desarrollo Humano para Guatemala, las noticias resaltan las décadas que faltarían para que este país llegue a índices decentes en relación a la educación, a la salud o al acceso a tecnología; también se suele destacar el penúltimo lugar en que se sitúa el país en relación a los demás, surge inmediatamente desesperanza y frustración que debe convertirse en reflexión. En esta ocasión el Informe presenta una magistral disección longitudinal sobre la figura del Estado de las múltiples dimensiones de la sociedad, proponiendo un índice de densidad a partir de tres fuentes que, además, son sus componentes: el nivel de presencia de las instituciones del Estado; la burocracia y su relación con los habitantes; y el impacto del presupuesto del gasto público. Además, en uno de los capítulos primeros del texto se puede encontrar un profundo análisis histórico del desarrollo del Estado guatemalteco que no tiene desperdicio alguno. En un atrevido acto de resumir los aportes de IDH recientemente presentado, y asumiendo por pertinencia metodológica las tres variables aludidas, para determinar la presencia del Estado, se puede decir que entre más se vive lejos de la capital, menos presencia hay de entidades estatales; si usted es habitante de Petén, sabrá percibir que la cantidad de empleados públicos que prestan servicios es menor en relación a la cantidad de personas; y finalmente, mientras más se viva cerca de, o en cabeceras departamentales, usted será objeto directa o indirectamente de los beneficios del gasto público. En síntesis, la mayoría de la población que, además, no viven en cabeceras departamentales o en la capital, percibe muy difusamente la noción de lo público estatal, es decir la relación entre el peso de las variables indicadas por unidad de habitantes.
Ahora bien, las razones políticas de esa realidad fría y admirablemente diseccionada por los autores del Informe, se identifican en el presente de un colectivo que no se ha liberado de su pasado condenatorio, que sigue vivo y se manifiesta en todas las relaciones sociales y económicas de manera cotidiana; por lo tanto se ubican también en un pasado que marcaría lo que somos como conglomerado humano, lo que implica que por lo tanto la historia del Estado es la historia de las relaciones de los guatemaltecos. Para tal efecto se avanzan dos momentos que fueron fundacionales y con características contradictorias para la conformación del Estado guatemalteco. El primero de ellos, al día siguiente de la «Independencia». Los aires modernos derivados de la corriente burguesa francesa, solo fueron atavíos que cubrieron en realidad, un cuerpo con profundos valores y entidades coloniales, contradicción que los criollos llevarían hasta las últimas consecuencias como producto de la pugna de poder con la Corona.
El segundo ejemplo que naturalmente arrastra las huellas del primero, sucedió en el escenario del desarrollo de la llamada Revolución Liberal, en 1871. La actividad productiva del grano del café que nos insertaría en el mercado internacional de manera decisiva, dando inicio al desarrollo de una economía nacional, expuso la siguiente contradicción: al mismo tiempo que sucedía la producción en masa del café como mercancía para competir en el mercado mundial, también se sentarían las bases para el trabajo servil, dando inicio a la conformación de un poder oligárquico sobre relaciones de explotación. Del tal cuenta que las relaciones sociales de los guatemaltecos, en su forma Estado presenta hoy día una textura que no es uniforme, la disposición y el orden de los hilos públicos no están apretados, hay hoyos que son vacíos sobre los cuales viven la mayoría.