La teorí­a del caos III de III


De nuevo, la teorí­a del caos tiene vigencia en la situación. Durante muchos años, la pobreza, la  miseria y desigualdad generadas por la corrupción,  la indiferencia, la ineptitud, la insensibilidad, por las solas ansias de poder en la clase gobernante, permitió la acumulación de tensiones y fuerzas que harán explosión, con carácter de necesidad. Los artí­culos citados muestran una situación insostenible. «Por eso fue 2009 el año del hartazgo hacia los polí­ticos», cuando nos convencimos de que la nuestra es una oligarquí­a disfrazada de democracia.

Fernando Mollinedo
fermo@intelnet.net.gt

Quizá la «Teorí­a del Caos» tan drásticamente aplicada y la fuerza evidente y devastadora de lo que estamos viviendo, siembre en nosotros la desesperanza. El mal tiene sus técnicas, sigue una estrategia.  La violencia que vemos  tan  prolijamente detallada en forma de noticieros, puede hacer mella en nuestro espí­ritu e invitarnos al desaliento. «Si vemos sólo las cosas de este mundo, nos entristecemos». (S. Agustí­n). En efecto, el panorama no es alentador, al contrario, se trata del estallido de unas fuerzas que se acumularon por mucho tiempo, que echaron raí­ces muy profundas en nuestra sociedad.  Se trata, más en lo hondo, de un desfogue cultural, de una cultura que se desploma, que ha prescindido casi por completo de un referente trascendente, que se ha dispensado con una facilidad increí­ble de la pregunta y de la responsabilidad éticas.

Esto constituye un estupendo terreno donde  germinan las tendencias destructivas que hoy parecen rodearnos por completo. Podemos, luego, recordar el dictado de Heidegger: «Ahora sólo un Dios puede salvarnos». Yo quiero ser más explí­cito que el filósofo alemán: Ahora, sólo Dios puede salvarnos. Se trata de un volver sobre nosotros mismos y de preguntarnos de qué futuro podemos hablar cuando hemos olvidado los  valores trascendentes. Más allá de la teorí­a del caos y su drástica aplicación, lo que enfrentamos es la ausencia del sentido de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo.

El «Dios ha muerto» de Nietzsche se referí­a precisamente a esta situación. Por eso su héroe grita satisfecho: «Y nosotros lo hemos matado». Y Dios ha muerto cuando su realidad ya no nos interpela, cuando su presencia ya no es motivación profunda del actuar. Y ni siquiera nos inquieta. ¿Dónde está Dios en este caos? Con la muerte de Dios ha quedado vací­o el cielo, pero, «También ha quedado vací­a la tierra»

Solamente un retorno a la fuerza renovadora del espí­ritu puede hacer que volvamos a ser seres vivos, hombres y mujeres con un corazón de carne, es decir, capaces de sentir compasión, alegrí­a y anhelos de paz.  Es la esperanza, la única esperanza que nos queda. Escribo desde mi realidad y afirmo que nuestra única esperanza se llama Jesucristo. Con esta esperanza, comenzamos un año más. ¡Feliz Año!