Acudiremos en estos meses que vienen a la acentuación del debate sobre dos temas de la política nacional de candente atención, el primero se relaciona con la opción electoral de Sandra de Colom como precandidata de la UNE para la próxima contienda; la sola posibilidad ya pone con las antenas en alerta a distintos sectores de oposición. Esto provocaría un oleaje de reacciones en todas las expresiones de la derecha, pero especialmente en aquella en la que la figura de la Primera Dama osculta y atenta contra las fibras de clase de más podrido y fermentado abolengo. El oleaje ya empezó con las detracciones que aludieron las más bajas críticas que lindaron con el irrespeto, y con la más cruda discriminación al mejor estilo del guatemalteco aspiracional. Más adelante vendrán otros embates que tomarán como bandera de lucha, la Constitución a partir de decenas de justificaciones jurídico legales. El segundo tema conecta con el primero por este último detalle, el de la Constitución.
Reformar la Constitución es el segundo tema que ya empezó a ventilarse. La más evidente propuesta es la del movimiento Pro Reforma que esgrime su lucha, con argumentos que en principio bordean la ingenuidad y otros la irracionalidad, pero el menester de deshilar esta propuesta será para otra entrega; en éste propongo argumentos para que usted dimensione y sitúe la Constitución actual, lo cual apuntará a comprender por qué se quiere reformar y quiénes quieren reformar la llamada Carta Magna, para no caer en la tentación de reformar. La Constitución de 1985 debe ser comprendida como el producto mejor acabado y con los cinchos y solapas a la medida, de un régimen que transitaba del autoritarismo para empezar a probar la democracia. Como tal, el instrumento constitucional estrenado en esa fecha registra, las condiciones del sistema socioeconómico de ese momento. Así también quedó en su esencia las huellas de la ideología dominante, la psicología nacional, la moral del guatemalteco, la religión o la concepción de la realidad étnica, allí están en el interior de todos sus títulos y capítulos, y desde el principio donde se invoca el nombre de Dios como referente.
El momento fundacional registró con la Constitución del 31 de mayo de 1985, la voluntad de las personas que concientemente diseñaron dicho documento con la pluma cuya tinta correspondía, a los intereses económicos y políticos de un pensamiento de la «apertura democrática» y del atraso capitalista que aseguraba con ésta, las bases para la expansión oligárquica. Así como tuvieron cada una de las colonias al siguiente día de sus independencias en el siglo diecinueve, sus constituciones, talladas sobre ideales liberales; éstas no reflejaban el ascenso de la clase burguesa porque no había tal estrato, como si lo había en Estados Unidos y Europa de la época. En las colonias, tales constituciones sirvieron de ropajes jurídicos modernos para incipientes naciones de fuerte arraigo colonial.
De la misma forma, en la Guatemala de los 80 transcurría una de sus etapas más sádicas y traumáticas de la historia política. En esos años alcanza su máxima expresión el conflicto armado interno sobre causas que eran estructurales, las demandas eran de injusticia generalizada contra un Estado represor y militarizado. La Constitución de 1985 también sirvió, como aquellos años de colonia, para vestir a un Estado que complementaba la estrategia militar constrinsurgente con la estrategia política, a través de un instrumento jurídico igualmente constrainsrugente. Daba inicio en esa fecha el camino para un Estado de Derecho.