La suerte de tener madre


Nunca terminará uno de agradecer a las madres lo mucho que hacen por nosotros. El famoso Edipo no es gratuito. Si uno se enamora perdidamente de mamá es porque hay suficientes elementos para estarlo. En ella encontramos afecto, reconocimiento, ternura y mucha comprensión. Nada comparado (al menos en mi experiencia personal) a lo primitivo y salvaje que pueda ser un padre.

Eduardo Blandón

El papá significa en los hogares habitualmente la autoridad. Ellos encarnan la severidad, procuran los castigos y son la personificación de la exigencia. Mamá es el refugio seguro de las penas, el otro (o la otra) con quien se puede dialogar y la que nunca abandona. Un padre es capaz de dejar a sus hijos, una madre -con contadas excepciones- siempre acompaña a sus hijos.

Los papás son los predicadores aburridos de la ética y el buen comportamiento, las madres viven las exigencias cotidianas y enseñan con el ejemplo. No acostumbran a hablar mucho, pero su ejemplo es capaz de marcarnos para toda la vida. En el dolor son las madres las que están presentes, los padres, si mucho, pagan la medicina. Son ellas las que se desvelan, las que sufren, las que van al médico y entienden perfectamente nuestros padecimientos.

Son las madres las que nos acompañan en la escuela. Son ellas las que van a las reuniones de «padres» de familia. Ellas conocen nuestras virtudes, saben de nuestras debilidades, pero no nos reprochan ni se burlan de éstas. Intuyen que los cambios de comportamiento son graduales y que hay que tener paciencia, los padres son los desesperados que, sin sembrar, siempre esperan cosechas.

El amor lo aprendemos de mamá, igual que el estoicismo y la capacidad de fijarnos en las pequeñas cosas. Sin ellas serí­amos caverní­colas arrojados en el mundo sin el más mí­nimo de sensibilidad. Son ellas las que nos enseñan el arte, la estética, la capacidad de asombro y el valor de lo bello. Lo mejor del mundo lo aprendemos de ellas y por eso su ausencia nos hace sufrir infinitamente.

Nada es digno de producirnos tanta pena que la ausencia de mamá. La única mujer sobre la tierra que verdaderamente nos ha amado. Con la desaparición fí­sica de mamá el amor puro hacia nosotros se ha perdido. Ni la esposa o el esposo, ni los hijos, ni los amigos, ni la novia nunca nos amará tanto como mamá. Sin ella, ahora sí­, podemos sentirnos huérfanos y abandonados en el mundo. Sin duda, ahora sí­, merecemos piedad.

Si usted tiene la suerte de tener aún a su progenitora, déle gracias a Dios. Con ella puede estar seguro del amor de cielo hacia usted (¿Necesita otra prueba?). Respétela y ámela porque dí­as vendrán en donde habrá tiempo para la soledad infinita y el abandono que sentirá perpetuo. Dí­gale con frecuencia que la ama y abrácela con el mismo sentimiento que cuando era niño. Esa viejita merece mucho por su grandeza. Considérese afortunado en este mes junto a ella. Los demás, los salvajes que la tienen y no la honran, pagarán caro su ingratitud. Llorarán, pero será muy tarde.