Pese a tantos años de vivir en ella, de pensar en ella, de estar dispuesto ?como en el pasado? a dar mi vida por ella, mi Guatemala no deja de sorprenderme y me recuerda aquella bella canción de «sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas».
Es difícil comprender a un país tan bello como el nuestro, en donde su población convive entre el bien y el mal. Tenemos un premio Nobel de Literatura y al mismo tiempo el analfabetismo nos acosa; tenemos a una mujer indígena como premio Nobel de la Paz y, sin embargo, la violencia nos ha marcado desde hace más de 500 años, aunque en estos últimos del Siglo XXI, la saña, el gozo que para criminales mentalmente insanos produce el sadismo con que asesinan,m incluso a niños y niñas, mujeres y ancianos, es desquiciante, aún disfrutamos de uno de los pocos momentos de euforia alegre y positiva que un «patojo» de 19 años, cargado de buenas vibras, de amor hacia su patria y sus semejantes, de perseverancia y de esfuerzo, nos ha unido en corazón y espíritu a sentir nuevamente el dulce sabor a Guatemala. Me refiero a Carlos Peña; en tanto, en el cada día mas escabroso y violento mundo de la política por donde transcurrió parte de mi vida, se revierte en mensajes de violencia, antagonismo, enemistad, y cinismo.
Gracias a Carlos Peña por hacernos olvidar el dolor de tener una patria carcomida por la corrupción, la impunidad, la falta de protección para los honrados, la humillación y las rodillas en tierra de los buenos ante los malos. Increíble que unas canciones y un esfuerzo de un jovencito oculten por un momento los demonios que andan sueltos.
Por eso digo que Guatemala es sorprendente, conjuga lo bueno con lo malo y nos producen dolor sus maléficos habitantes enquistados en todos los rincones, pero afortunadamente, hay algunos que nos provocan la sonrisa, la confianza en el futuro, lo positivo, la renovación -aunque sea momentánea-, de la esperanza perdida.
A veces la vida nos da satisfacciones y siempre nos da sorpresas; lamentablemente, lo negativo, lo doloroso, lo trágico, lo desesperante, se convierte en algo cotidiano, tanto en el seno de nuestro propio interior personal, como en lo social.
Vamos buscando caminos y siempre damos tropezones, cometemos errores y los volvemos a repetir. No aprendemos nada de la historia, ni tampoco de nuestra propia experiencia.
Y es que somos influenciables y quienes de alguna manera estamos en un medio de comunicación, abusamos de ese poder para causar daños, como abusan del poder muchos otros sectores políticos, económicos, sociales, e incluso aquellos que, tras la falsa apariencia de buscar «reivindicaciones», agreden y pisotean el derecho de los demás.
Sí, somos un país de contrastes. Pero no sólo en lo cultural o en lo folclórico. Lo somos en la pequeña gran brecha que existe entre riqueza y pobreza, buenos y malos, honestos y deshonestos, honrados y ladrones. …Esa desigualdad profunda es la que nos separa.