La sonoridad musical de Johannes Brahms


celso

Continuamos en este segundo sábado del primer mes del año 2012 con el análisis de la música de Johannes Brahms y como un homenaje a Casiopea, esposa de miel, en quien adoro su acento de rosa, paz y alas que alegra el ciento de mariposas; quien es pescadora del destino mí­o, primavera de mis campos élficos, distancia viva del planeta y áurea estación del porvenir nuestro.

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela

 


Brahms tení­a “cosas”, como se dice popularmente y son caracterí­sticas de sus finas ironí­as, que tení­an la ventaja de no ofender a nadie.  He aquí­ varios ejemplos:
      
      Regresaban él y algunos amigos de una excursión, cuando uno de los excursionistas halló a un amigo, gran filólogo, no músico: presentado el filólogo a Brahms entran pronto en conversación.  “Puede usted honrarnos con su compañí­a -le dice el maestro- y queda usted citado para el domingo próximo”.  “¡Vaya un papel que me tocará desempeñar!  ¡Saúl en medio de los profetas! –repuso modestamente el filólogo.- ¿Cree usted de veras –añade Brahms- que posee tales aires reales?”

    Hablábase en una tertulia de la fealdad extraordinaria de una cantante, y se disputaba sobre el arte superior de la artista que se sobreponí­a a la fealdad.  Réplica de Brahms: “Sí­, esto es muy santo y muy bueno para los músicos y para el arte, pero no para las exigencias de la vista”.

    Se hablaba del libro de Rubinstein:  La Musique et sus représentants, entretiens sur la musique, en cuyo libro, sea dicho de paso, no se menciona siquiera una sola vez a Brahms.  “¡Ese Rubinstein!  ¡No puede hablar de Haydn sin la muletilla de papá Haydn!  Y yo aseguro a ustedes, que Rubinstein habrá dejado de ser ya mucho tiempo abuelo, bisabuelo y tatarabuelo… cuando Haydn será todaví­a el papá Haydn”.

    Le visita un artista extranjero acompañado de su mujer, cuéntale que en el espacio de pocos años se ha casado tres veces, y que aquella es su tercera mujer.  Brahms tuvo ocasión de encontrarle dos o tres veces durante la misma semana, exclamando imperturbablemente cada vez: -“¿Cómo? ¿Siempre la misma mujer? ¡Qué fastidio! ¡Qué monotoní­a!”

    Decí­ale un pedante importuno, mientras se celebraba un concierto, que él conocí­a todas las obras de su admirado maestro.  Suena la orquesta: Brahms indica al importuno que tocan algo suyo, y el pobre diablo escucha poniendo los ojos en blanco.  –“¡Divino, colosal! –exclama al terminar su pieza. Brahms calma los arrebatos del pedante, diciéndole al oí­do: -“Perdóneme Usted: no es mí­o lo que ha tocado la orquesta.  Me he equivocado.   Era una marcha militar de Gungl”.

    Odiaba a esta clase de tipos.  A la mujer de un músico italiano que solicitaba un autógrafo para su abanico, le contestó en una ocasión:  -“Señora, vuelva usted mañana: necesito ensayarme en un cartapacio”.

    Tocaban un dí­a él y un amigo la sonata para violonccelo de Beethoven, y Brahms, digitaba con desusada energí­a.  –“Pero, maestro –dice el violoncelista- ¡apenas si oigo mi violonccelo!”-  “Pues no sabe la suerte que tiene su violonccelo”-  exclama de repente Brahms, soltando una sonora carcajada.

    Quejábase un principiante de su editor, que no acaba de publicar su primera composición trascendental.- “Cálmese usted, amigo –le dijo Brahms:-, el mundo tiene más paciencia”.

    “La  vida tiene un término y es preciso abandonarla y partir: dice un pasaje del Réquiem Alemán.  “Le vi por última vez el 25 de marzo de 1897 –cuenta Edward Schober, uno de sus biógrafos-: como de costumbre, me hizo fumar uno de aquellos célebres cigarritos de tabaco infernal: hablamos de todo y hasta bromeamos sobre su enfermedad. De repente dobló la cabeza, y murmuró no se qué palabras de desaliento y de honda tristeza.  No pudo acompañarme, como siempre, hasta la puerta.  Al marcharme, atravesando calles solitarias en un dí­a de fiesta, presentí­ que habí­a estrechado por última vez su mano.  A la mañana siguiente me dijeron que se habí­a quedado en cama.  Una semana después, todo habí­a terminado”.  ¡Todo!  Como reza aquella Ní¤nie de Schiller, puesta en música por Brahms: ¡Todo! Porque “¡hasta la misma belleza es necesaria, fatalmente, que muera!”.

    En fin, estas y otras anécdotas perfilan a la perfección el carácter de Johannes Brahms y por ellas puede entenderse mejor el destino que modeló su vida y aún más, la honda y maravillosa música que escribió y que nos legara para toda la eternidad.