Nunca podré olvidar que hace muchos años tuve la oportunidad de leer en Selecciones del Reader»s Digest, que una mujer gritaba y corría por una céntrica calle de Manhattan, Nueva York, y un hombre le seguía de cerca, literalmente pisándole los talones.
Al oír los gritos, de las ventanas de los edificios adyacentes asomaron hombres y mujeres para ver qué ocurría. En ese momento el hombre le dio alcance a la mujer y la mató a puñaladas frente a los espectadores que atónitos fueron testigos del cruel asesinato. Nadie intervino; nadie dijo algo; nadie salió de su cómodo apartamento mientras en la calle una mujer era degollada a la vista de todos. La mujer era vecina de esa cuadra… vivía sola.
Este caso plantea varias preguntas de carácter social y psicológico. Pero a lo que en este momento nos referiremos es a la soledad. Una persona sola, en su ansiedad de compañía, de reconocimiento de su existencia y de un poco de atención y, quizás, cariño, se refugia en personas desconocidas que podrían resultar ser sicópatas, como podría haberle ocurrido a la mujer neoyorquina.
Hay millones de personas, hombres y mujeres, solas en este mundo. En las grandes metrópolis de países desarrollados es en donde se encuentran más personas en soledad casi absoluta; personas que viven dentro de un bullicioso ambiente citadino con millares de personas caminando por las calles; pero que su soledad es tan inmensa como la misma urbe o como las oleadas de personas que los rodean. Están solas por incontables razones.
Hay dos tipos de soledad: la personal (ausencia de una relación íntima con alguien) y la social (carencia de amistades).
Guatemala no es la excepción. En Guatemala existen muchísimas personas que deambulan por las calles arrastrando su soledad consigo. Son personas que pertenecen a todos los estratos sociales y económicos. Algunos psicólogos afirman que se distingue dos tipos de soledad: la emocional, o ausencia de una relación intensa con otra persona que nos produzca satisfacción y seguridad, y la social, que supone la no pertenencia a un grupo que ayude al individuo a compartir intereses y preocupaciones. Parece ser, además, que la soledad está relacionada con la capacidad de las personas para manifestar sus sentimientos y opiniones.
Cuando nuestra habilidad para relacionarnos es deficiente, aumenta la probabilidad de que nos quedemos solos ya que las relaciones que mantenemos son menos entusiastas y empáticas. En general, las personas con problemas de neurosis, equivocadamente se muestran convencidas de que no resultan amables ni dignas de ser apreciadas, y rechazan cualquier tipo de amigos potenciales con el objetivo de protegerse a sí mismos del posible rechazo.
La soledad de quien apenas habla más que con su familia, sus compañeros de trabajo y sus vecinos es una soledad muy común en este mundo nuestro. Nos sentimos incapaces de hacer contacto con un mínimo de confianza con quienes nos rodean, tenemos miedo que nos hagan daño o nos rechacen. Ponemos un muro a nuestro alrededor, nos encerramos en nuestra pequeña célula y vivimos el vacío que nosotros mismos creamos y que justificamos con planteamientos como «no me entienden», «la gente sólo quiere hacerte daño», «para lo único que les interesas es para sacarte algo», etc.
Para evadir la soledad es importante la participación, la empatía, la generosidad y perder el miedo al rechazo y comprender lo que es una verdadera relación y buscarla y conservarla con humildad.