Como vimos en la columna anterior, el Concilio de Trento impone el modelo de música de Giovanni Pierlugi da Palestrina con su sobriedad y profunda sonoridad como modelo eclesiástico. Es una música tan serena como el sonido de Casiopea, esposa dorada de miel, quien es barco despeñado en mi corazón ardiente y a quien ciño la cintura en la plenitud del alba.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
La razón de este cambio de actitud del Concilio, se debió al genio de un modesto músico, nacido en la pequeña villa de Palestrina, cercana a Roma y que ocupaba el puesto de director de coros de la basílica de San Pedro, en la época de las deliberaciones del Concilio. Su nombre era Giovanni Pierlugi, pero se le conocía mejor por el nombre de su pueblo, Palestrina; con este nombre es un gigante e inmortal de la música de todos los tiempos.
Empezó como un niño de coro en la iglesia de Santa María La Mayor, en Roma; más tarde, fue organista en la misma iglesia y posteriormente, director de coros de San Pedro. En 1544 ya había compuesto varias misas, entre ellas la famosa Misa del Papa Marcelo.
Se dice que esta misa, ejecutada ante el Concilio, fue el motivo del cambio de actitud y de la decisión de permitir la polifonía en la Iglesia y de abandonar el uso del canto gregoriano. Los miembros del Concilio quedaron convencidos de que era posible encontrar devoción, espiritualidad, cultivo y aumento de la fe, si la música, aún siendo polifónica o precisamente por serlo, crea la atmósfera emocional necesaria. Ya la música de Palestrina lograba esta emoción religiosa con creces. Efectivamente, es de tal misticismo que produce un ambiente de recogimiento tan hondo, que se realizan las condiciones psicológicas ideales para la mayor devoción de los fieles.
Palestrina era en lo personal un hombre de gran religiosidad, su vida modesta y llena de privaciones había transcurrido entre los muros de los templos, consagrada a la música de la Iglesia; sentía una profunda y viva fe, que inspiraba sus composiciones. Fue amigo personal de hombres ilustres de la Iglesia, como San Felipe Neri, que sentía exaltado su fervor religioso cuando escuchaba las ejecuciones de Palestrina en el órgano de la basílica.
Palestrina fue el fundador de la escuela romana de música sacra, le dio carácter de solemnidad, misticismo, majestad y devoción, a tal grado, que desde entonces se ejecutan sus obras y continúan siendo motivo de admiración, no solamente por su contenido religioso e inspirador, sino por sus valores puramente musicales. Es tan sabia la forma de combinar las diferentes voces, que logra admirables resultados, nunca logrados anteriormente. Las melodías, aun cuando se cruzan y se sobreponen en forma de cánones y otras muy complicadas formas, siempre son puras y limpias y nunca estorban unas a otras, antes bien, se completan en armonías jamás escuchadas.
Palestrina compuso más de ciento cincuenta misas, doscientos cincuenta motetes, cuarenta y dos salmos y alguna música profana, pues se conocen cerca de doscientos madrigales y otras composiciones. Con la música de Palestrina, la Iglesia logró atraer a los fieles y que los templos tuvieran la atmósfera de religiosidad que era necesaria y cuya falta se había criticado.
Palestrina empleó procedimientos técnicos nuevos: Uno de ellos es el llamado arco melódico en donde la melodía asciende de lo grave a lo agudo, en un número determinado de compases. Otro procedimiento es el canon, que consiste en una voz que principia la melodía sola y cuando han trascurrido algunos compases, otra voz principia.