La soberaní­a del pueblo y la miopí­a de las capas medias


A raí­z de la crisis de Honduras he leí­do una gran cantidad de mensajes que rechazan el golpe de Estado en ese paí­s y condenan a sus autores. No obstante, he leí­do también mensajes que expresan la miopí­a de sectores de capas medias. Se dan mil razones, todas equivocadas, para apoyar los actos inconstitucionales de los golpistas, no solamente en Honduras sino también en Guatemala -cuando el presidente Chávez dice que un golpe de Estado puede ocurrir en Guatemala no está viendo «micos aparejados», como algunos afirman, sino que «gorilas saliendo de la niebla», azuzados una vez más por la oligarquí­a y las «estructuras paralelas» de Estados Unidos.

Ing. Raúl Molina

Quienes apoyan a los golpistas hondureños son o quienes saben perfectamente que el objetivo fue conservar el poder que han ejercido por siglos o quienes pecan de ingenuidad y creen las excusas de que fue un acto para prevenir males en ese paí­s. Se aduce que el presidente Zelaya querí­a ser electo para un segundo perí­odo. Esto se ve malo cuando se trata de presidentes no de derecha; pero se vio normal en los casos de Uribe, en Colombia, Ménem en Argentina y Fujimori en Perú. Era imposible que Zelaya fuese reelecto en las próximas elecciones; lo que estaba en juego era la realización o no de un referéndum en el cual se le preguntarí­a al pueblo si estaba de acuerdo en que se reformase la Constitución. De haber sido sí­ la respuesta, lo único que se hubiese hecho es elegir la Asamblea Constituyente para hacer las reformas, en el mismo acto de elegir al nuevo presidente, cargo para el cual el mandatario legí­timo de Honduras no podí­a ser ni es candidato. Así­, la «justificación» cae por su peso y queda expuesto lo burdo del golpe castrense disfrazado de civil.

Lo que está en juego en Honduras, y algunos quieren que también en Guatemala, es la soberaní­a del pueblo. Cuando la derecha está fuerte, como pareciera en Guatemala, y se pueden comprar las voluntades de los diputados, se presenta un cavernario paquete de reformas a la Constitución como la que esta semana se entregó al Congreso. Cuando la reforma constitucional la plantean las grandes mayorí­as para reestructurar un Estado que ya no funciona, quienes han ostentado el poder por casi 500 años se resisten a perder sus privilegios. Ahí­ es en donde se termina la soberaní­a del pueblo. En ambos casos, hondureño y guatemalteco, los poderosos han caí­do en el absurdo, al pretender negar o condicionar la soberaní­a del pueblo. Incluyeron en las constituciones vigentes, redactadas bajo la bota militar, que hay artí­culos de la Constitución que no pueden ser reformados. Así­, la Carta Magna de nuestros paí­ses no puede ser expresión de la voluntad y soberaní­a del pueblo, como corresponde, sino de aquéllos que, aliados con los militares y Estados Unidos, nos dejaron Estados disfuncionales que están a punto del colapso. Nuestras capas medias deben entender que lo que se acaba de celebrar, el 14 de julio, la Revolución Francesa, fue la única fórmula que le quedó al pueblo francés para clamar su soberaní­a y ejercerla. De ahí­ que el llamado del presidente Zelaya a la insurrección, plenamente válida a la luz de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pueda prender fuego con otros pueblos oprimidos como el de Guatemala si su soberaní­a se violenta.