Hay gente que me saca de balance. No una, sino mil veces me he topado con quienes me señalan de alarmista por la situación crítica por la que estamos pasando. Me tratan de convencer que en Guatemala nunca pasa nada fuera de serie, que si bien es cierto que los tres poderes del Estado andan pal tigre, no es cosa nueva y que llevamos tiempo de estar en las mismas condiciones sin que el barco se haya hundido. Por ello, dicen, hay que ponerle cada vez menos atención a las noticias o a las columnas de opinión periodística. -Ahí tienes el caso de Honduras-, me dijo hace poco un pariente, -mientras los vecinos andamos preocupados por su destino, la mayoría de catrachos la pasan bien sin Zelaya.
Pero la entrevista que le hiciera recientemente el matutino Prensa Libre a don Carlos Castresana, jefe de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) me confirmó que la situación nacional está como para salir corriendo. ¿Por qué digo esto? Porque aunque no reveló nombres, confirmó lo que todos sospechábamos desde hace rato. Que no es suposición la existencia de varias redes de cuerpos ilegales y aparatos clandestinos que nos tienen del cogote. Así como se oye. Es decir que las sucias estructuras siguen intactas dentro de las instituciones, lo que me obliga a preguntar ¿entonces para qué diablos elegimos nuevos gobiernos cada cuatro años?, ¿va a seguir la corrupción igual de como estaba antes de firmar Los Acuerdos de Paz?
Por ello, no baja el índice de la criminalidad, aunque Colom, sus ministros y jefes de policías juren lo contrario sobre la Biblia. La delincuencia no sólo está organizada, sino debidamente coordinada entre la transnacional, la organizada local y la común. La administración de justicia (jueces, fiscales y abogados) se lleva de la mano con los diputados, con empresas, medios de comunicación, bufetes y no digamos con la inoperancia e ineficiencia personificada del Ministerio Público y las policías. De esa cuenta, los esfuerzos de Castresana por conseguir pruebas para demostrar la existencia de redes de cuerpos y aparatos ilegales se han vuelto cuesta arriba.
Como veo las cosas, lo peor está en nuestra indiferencia que nos caracteriza. La lucha de Castresana por depurar las instituciones, la seguimos viendo como cosa suya, que es su obligación hacerla y no como un deber de todos los chapines que con dos dedos de frente nos percatamos que en lugar de salir a flote cada vez nos hundimos más. ¿Qué me dice usted, amable lector, cuando nos quejamos de que por cualquier cosa la gente sale a manifestar, a tapar o a impedir la libre locomoción, ¿ahora también vamos a tener que soportar a quienes por un mendrugo de pan, apoyan a los narcotraficantes para que los «dejen trabajar» libremente? ¿Eso no es como para salir corriendo?