La «Sinistra»


                La semana pasada escribí­a sobre los defectos de la «destra» y dejaba en el tintero mis sentimientos respecto a los que se suelen sentir los paladines de las clases desfavorecidas y abandonadas: la «sinistra».  No me resulta fácil escribir sobre ellos por mi romance juvenil con la revolución sandinista, pero, contradictoriamente, también se me aligeran los dedos por la desilusión que produce un amor traicionado.

Eduardo Blandón

            A mi modo de ver, varios son los pecados de la «sinistra» que me impiden  volver al amor primero aunque mi corazón sienta todaví­a la maldición de la atracción fatal.  En primer lugar, si hay algo condenable en esos que se hacen llamar de izquierda con cierta presunción es ese sentimiento de infalibilidad con que viven su ideologí­a.  Los, según ellos «revolucionarios», creen estar en la verdad y no permiten ningún tipo de discusión so pena de excomunión.  Nadie como ellos han practicado la inquisición, el fanatismo y el destierro.  Con ellos no se puede estar a medias: o eres parte de la revolución o eres contrarrevolucionario maldito.

            Los de la «sinistra» se sienten iluminados y sus teorí­as tienen la categorí­a de «cientí­ficas», lo que quiere decir, según su imaginario, que todas sus afirmaciones son «dogmáticas» y por tanto indiscutibles.  El espí­ritu humano debe asentir, callar y obedecer para realizar la revolución.  Cualquier posición adversa responde a un sentimiento burgués.  Son maniqueos, dividen el mundo en burgueses y proletarios.  Los primeros son los malos de la pelí­cula y merecedores del infierno, los segundos, los santos y propietarios del Reino (de Marx).

            Han sido los sempiternos crí­ticos de la Iglesia, opio de los pueblos, pero ellos han fundado una religión de imbéciles (tengo que usar la misma palabra con que califiqué a los de la «destra» para ser equitativo), a los que no les queda sino aceptar su catecismo.  Por eso es que no es extraño que al llenar las plazas públicas todos respondan en coro (justo como en las iglesias con las antí­fonas): «Dirección Nacional, ordene». 

            La «sinistra» es malévola y sin buenas intenciones, quiere alcanzar el poder a cualquier precio y gobernar (si pueden también hasta perpetuarse en él) escudándose en viejas consignas y usando a los pobres (sus pobres) como pretexto.  Con esa obsesión (vaya si no están enfermos en su utopí­a), luchan incansablemente para justificar sus vidas y realizarse felices junto a los otros «camaradas revolucionarios».  Son muy unidos y solidarios entre sí­ al punto que justifican contra toda razón elemental sus errores garrafales y calamidades vergonzantes.  Ahí­ los tiene, por ejemplo, defendiendo a dictadores de pacotilla como Fidel Castro, Daniel Ortega y Hugo Chávez.  Tranquilos, campantes, utilizando sofismas que sólo ellos se creen.

            Otro de los pecados de la «sinistra» tiene que ver con ese eterno discurso que han sido incapaces de renovar.  Marx mismo se sentirí­a avergonzado al ver tanto anquilosamiento conceptual, falta de ideas y ausencia de propuestas.  No evolucionan porque abrazan los textos del pasado con un fanatismo propio de un hijo de la cristiandad.  En este sentido, nada se perderí­a un militante enamorado si tiene la mala suerte de asistir a uno de sus congresos.  Ellos suelen hablar siempre de lo mismo y a gritar las mismas consignas de los años 70.

            Afortunadamente no todo está perdido.  De la «sinistra» han salido también buenos elementos que hoy por hoy son factor importante en el juego polí­tico del paí­s.  Pero para llegar a eso han debido renunciar al discurso senil y las reuniones puntuales de esos revolucionarios nostálgicos en cafés y cantinas, para abrirse a los desafí­os nuevos con propuestas, ahora sí­, revolucionarias, originales y libres (contra toda presión de la comandancia).