Yo no siento que sea chantaje el planteamiento del gobierno en el sentido de que para disponer de mejores sistemas en el tema de seguridad ciudadana hace falta mayor cantidad de recursos y que los mismos tienen que venir de una mayor contribución de los ciudadanos. No es casualidad el desastre que hay en las instituciones nacionales porque llevamos años de promover el desmantelamiento del Estado y todo lo que huela a sector público; el resultado está a la vista y el día de hoy no podemos ni siquiera cumplir el primero y más esencial de los fines del Estado, como es la garantía a la vida humana y a la seguridad de los habitantes del país.
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La debilidad del Estado se aprecia fundamentalmente en el tema de la seguridad, es decir, en la absoluta inseguridad que nos afecta a todos los guatemaltecos. Ha sido tan fuerte la campaña para destruir al Estado que sus promotores no llegaron a entender que estaban labrando una estaca en la que nos sentaríamos todos. Muchos de ellos, por supuesto, con la ventaja de que pueden disponer de cuerpos particulares de seguridad que les protegen de los males que afectan al resto de la población, pero la inmensa mayoría de los guatemaltecos tienen que vivir todos los días con la angustia que genera esa incapacidad del Estado para ofrecernos elementales condiciones de seguridad y confianza.
La debilidad del Estado la podemos ver también en el tema de la impunidad, que va de la mano del de la inseguridad, puesto que no disponemos de instituciones capaces de aplicar la ley con diligencia, prontitud y eficacia para sancionar a los que cometen cualquier clase de delito. Por supuesto que la impunidad no deja de ser negocio rentable para quienes no quieren ningún control, ni siquiera en los temas fiscales, puesto que es siempre más conveniente para algunos vivir bajo la ley del más fuerte. Pero tarde o temprano estamos viendo que esa ceguera de creer que es posible vivir sin Estado, aniquilando y desmantelando sus instituciones, nos termina pasando una factura demasiado onerosa.
Lejos están hoy en el mundo aquellos días en los que el Fondo Monetario Internacional, subyugado por la prédica de los Reagan y las Thatcher, nos imponía a todos el brutal ajuste estructural que en pocas palabras era la reducción del papel del Estado para dejar que el mercado se convirtiera en el paradigma de la economía bajo la premisa de que éste era tan sabio que se autorregularía. Eran los años en los que se planteó el dogma de que lo público era malo, corrupto e inútil, justamente las mismas características que con el tiempo fueron aflorando en el sector privado y que son las que, por lo visto, definen en última instancia a esa mano invisible del mercado que es, sin duda alguna, una mano larga, demasiado larga, y voraz.
Y hoy, viendo la tempestad no se quieren arrodillar. En vez de entender que es preciso contribuir para restablecer la institucionalidad necesaria para que subsista el sistema capitalista, quieren seguir mamando y bebiendo leche y no cambian el discurso cerrado frente al tema de los impuestos. La seguridad es cara, pero no es justo que la misma exista sólo para quienes pueden pagar sus ejércitos privados y sea ajena para el resto de los mortales.