La representación y la autoridad


Quizá usted mismo se pueda sorprender del arte contemporáneo. ¿Por qué cubrir un edificio es ahora arte? ¿O fotografí­a a medio millón de personas desnudas en el Zócalo de México? ¿Dónde se habrá quedado ese gusto por lo bello, que se apreciaba antaño? Aunque no se puede explicar de un soplo, al menos abordaremos dos conceptos básicos para comprender esto.

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Hace años, incluso siglos, los mejores artistas se esforzaban por representar la realidad tal cual era, o tal cual la imaginaban. Leonardo da Vinci (Italia, 1452-1519), por ejemplo, y su famosa «Gioconda» o «Mona Lisa» (1503-1506) a pesar de que su modelo no era un areté de belleza, la técnica y la pulcritud del pintor ha hecho que esta obra sea afamada.

Sin embargo, con la tecnologí­a moderna, sobre todo con el auge que empezó a tener la fotografí­a, a principios del siglo XIX. Las primeras impresiones fotográficas, impresionaban a un público por la realidad en que eran retratados. ¡Por fin! Adiós a posar por horas con un pintor para poder tener un retrato.

Obviamente, los pintores empezaron a reflexionar sobre el modo de «representación» de la realidad. El movimiento impresionista, que surge en Francia a mediados del siglo XIX, evalúa las posibilidades de la representación de la realidad, y postulan que la realidad no es la que se ve, sino cómo se ve.

Por ello, empezaron a desarrollar técnicas sobre la impresión que causaba en el espectador una pintura, de ahí­ su nombre «Impresionismo». Paul Cézanne (Francia, 1839-1906), además de pintor, se convierte en uno de los principales teóricos de la pintura, y reflexiona en que la pintura (y el arte en general) es relativo según quien lo observa.

Con base en estos postulados, surge Picasso (España, 1881-1973), y sus «Señoritas de Avignon» (1907), con el cual da inicio el Cubismo, un movimiento que intenta solucionar el problema del volumen dentro de una superficie plana. Surgen, después, otros movimientos, como el de Expresionismo Abstracto de Jackson Pollock (Estados Unidos, 1912-1956), basado en dedicadas horas en intentar dominar chorros o goteos de pintura, tendiendo a que la realidad ya no fuera tan perceptible o «representable».

Surgen, pues, miles de movimientos, algunos que han quedado en el olvido por falta de sustancia. Entonces, debe surgir, en consecuencia, entes rectores -como crí­ticos de arte- que empiecen a definir qué vale la pena y qué no. Sin embargo, como muchos sabemos, éstos se equivocan.

Llegamos al punto de Marcel Duchamp (Francia, 1887-1968), un artista que intentaba dominar el arte de la «basura». Fue capaz de enviar a un museo un mingitorio, o de exponer simplemente a la misma Gioconda, sólo con bigotes, a fin de desacralizar. ¿Con qué objetivo? El arte se estaba convirtiendo en un peligro terreno de juegos, en el que era mejor botar todo lo prestablecido, a continuar experimentando con el problema de la representación. De ahí­ empieza la búsqueda, y poco a poco, el arte sigue enfrentándose al problema de la representación, pero sin el afán de repetirse o crear obras que no tienen sentido.