La quema de la Embajada


Editorial_LH

Una de las más antiguas polémicas en la vida nacional se centra en los acontecimientos del 31 de enero de 1980 cuando la toma de la Embajada de España por un grupo de campesinos terminó en tragedia con el incendio de la misión diplomática que costó la vida a 37 personas. Desde ese mismo día, el Gobierno responsabilizó al embajador español en Guatemala, Máximo Cajal y López, en tanto que el diplomático y su Gobierno sostuvieron que el asalto a la Embajada por las fuerzas de seguridad fue el detonante del drama.


Ayer el entonces Embajador rindió declaración por videoconferencia desde España y ratificó su dicho, en el sentido de que pidió a las autoridades guatemaltecas que se abstuvieran de intervenir en respeto a las convenciones internacionales y que su petición fue ignorada. Que la fuerza policial actuó violentamente, sin consentimiento de los diplomáticos.
 
  Cajal ha sido satanizado como solapado opositor al régimen de Lucas y tanto los voceros oficiales como oficiosos lo acusaron de haber fraguado la toma de la Embajada junto a los campesinos del CUC que llevaban, según lo confirmado ayer por el diplomático, cocteles molotov en botellas de aguas gaseosas. El grupo de campesinos había venido días antes a la capital buscando el apoyo de los medios de comunicación y de la comunidad internacional para denunciar atropellos que estaban sufriendo en Quiché y no fueron escuchados por nadie.
 
  Nos consta que tal fue su intención porque en enero de 1980 vinieron a pedirnos que denunciáramos públicamente lo que estaban sufriendo y por el clima de represión existente no pudimos hacer tal denuncia, tal y como consta en las recopilaciones de la Comisión de Esclarecimiento Histórico. Aquí, con nosotros, vinieron sin molotov ni signo de violencia, sino evidenciando angustia y temor por lo que estaba sucediendo en sus pueblos. Tampoco vinieron con ellos ladinos, ni estudiantes universitarios, sino simplemente campesinos angustiados y temerosos.
 
  El silencio general ante su denuncia puede haberlos llevado a buscar otras vías para trasladarla a la comunidad internacional. Cajal sostiene que él hubiera puesto fin a la toma de la Embajada sin sangre de no haber mediado la intervención no solicitada y menos autorizada de las fuerzas del orden.
 
  Hoy, sin duda, la polémica ideologizada se vuelve a encender demostrando cuán difícil es para los guatemaltecos lidiar con los fantasmas de nuestro pasado más terrible y lo duro que es buscar la reconciliación en medio de antagonismos que no logramos curar. El capítulo de la Embajada vuelve a evidenciar las profundas heridas que arrastramos y las pasiones que aún nos dividen.

Minutero:
Fue que hablara Cajal
 para encender de nuevo, cabal,
 las disputas y pasiones
 que obnubilan las razones