Con prisa por llegar al mundo, ayer se adelantó el nacimiento de Fernanda Marroquín Saravia, hija del quinto de mis hijos, Juan Fernando, con su esposa María Isabel Saravia de Marroquín. Siendo la novena vez que experimentamos esa sensación tan especial de ansiedad esperando el alumbramiento de un nieto, podría decirse que estamos ya curtidos, pero se trata de un momento tan especial que siempre genera nuevas e inéditas emociones.
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Ayer me aprestaba a escribir mi columna cuando Juan Fernando llamó a mi esposa para comunicarle que el ginecólogo había internado a María Isabel con trabajo de parto. Suponíamos que el nacimiento sería alrededor de las fiestas patrias, pero resultó que la pequeña no quiso esperar tanto tiempo para colocarse como la reina del hogar de sus padres. Y mientras esperábamos junto a todos nuestros hijos y a todos los Saravia Balleza, pensaba no sólo en la paciencia que tuvieron Juan y María Isabel para lograr su objetivo de engendrar al primer hijo sin perder nunca ni la esperanza ni la ilusión, sino también en lo que le ha de tocar a este nuevo miembro de la familia.
No soy de los que creen que todo tiempo pasado fue mejor. Cierto es que hay aspectos que uno añora, pero las oportunidades y los desafíos que presenta la humanidad con todo y sus avances explosivos de los últimos años son enormes y con un potencial imposible de tasar. Creo que junto a esa posibilidad de tener acceso a información, a bienes y comodidades, hay que profundizar el trabajo en la casa para dar a los hijos una muy sólida formación en valores, en ideales y principios que sean los que rijan sus vidas para aprovechar de manera óptima todas las posibilidades que se van presentando.
Pienso que es parte de la historia de la humanidad que siempre tengamos esa sensación de duda e incertidumbre cuando vemos el nacimiento de un nuevo miembro de la familia porque es el inicio de la gran aventura en la que no hay nada escrito. Pero la bendición indudable de esos niños tan anhelados ya significa una diferencia porque se integran a un hogar que les aguarda con la avidez de poderles proporcionar los cuidados necesarios para ir cimentando el camino a una plena realización. Lo pensé y sentí con cada uno de mis seis hijos y lo siento y pienso ahora con los nietos que vienen a ser una de las riquezas más grandes que puede tener el ser humano.
Quiso la suerte que el nacimiento de Fernanda ocurriera cuando nuestra familia estaba reunida por las vacaciones de quienes viven afuera. Disfruté mucho al ver las reacciones de los otros ocho primos, quienes con sus diferencias de edades y de percepciones, mostraron al unísono su total alegría por quien viene a sumarse a esa palomilla tan especial que se junta un par de veces en el año, pero que actúa como si se vieran todos los días.
Y claro está que uno piensa en lo que el destino le depara a esta personita que, repito, tenía prisa por llegar al mundo y aunque las noticias del día a día puedan incitar al pesimismo y las preocupaciones, sigo pensando que quien tiene una sólida formación ética y moral, recibida desde las primeras horas de la vida en el seno del hogar, estará siempre bien preparado para enfrentar adversidades y sacar provecho de todo lo que nos ofrece la vida de hoy. Por ello no hay ni preocupación ni temor que empañe la alegría de ver cómo crece la familia.