Hoy culmino con el tema, iniciado hace tres semanas, sobre una interesante investigación que revela los mecanismos de cobertura de 14 diarios latinoamericanos, entorno a los hechos de violencia. Me pareció interesante compartir este tema, porque no se aborda públicamente en Guatemala, pero es necesario hablarlo abiertamente, ya que es una investigación seria, realizada por el colombiano Germán Rey, patrocinada por la Friedrich Ebert Stiftung y el C3 Centro de Competencias en Comunicación de América Latina.
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Dice el estudio que junto al texto escrito (en los periódicos de Latinoamérica) el protagonismo muchas veces lo tiene la presentación visual. Las fotografías son fundamentales en la representación del crimen en los diarios citados. Son abundantes, a color, generosamente amplias e increíblemente parecidas. Casi se podría decir que existe un patrón visual que las domina: se trata de cuerpos yacentes, rodeados de deudos, curiosos o policías, ubicados o en el lugar donde se cometió el crimen, en ataúdes o abandonados sobre los pisos de las camionetas judiciales. En muchas imágenes los cuerpos son conducidos envueltos en bolsas negras de polietileno, ocultando su identidad. Mientras los cuerpos de las víctimas se ocultan a pesar de ser mostrados, las de los supuestos victimarios -los pandilleros- están cubiertos de figuras, signos y lemas que combinan los símbolos de la muerte con signos melodramáticos y sexuales, motivos de pertenencia y gestos agresivos. Uno es el cuerpo despojado de la víctima y otro, el cuerpo exhibido del victimario… Despojados de sus camisas por la policía, los torsos desnudos (de los delincuentes) enseñan los tatuajes, de esa manera se encuentra la visión fotográfica con la visualidad del cuerpo y la marca se prolonga en la imagen repetida por el periódico. Según José Luis Rocha los tatuajes son productores de identidad, expresan relaciones y posición social, son exhibición y denuncia. «El tatuaje tiene la propiedad de relegar, marginar. Como todo símbolo, el tatuaje provoca un diálogo y crea relaciones, o recrea las relaciones, reproduce y exacerba marginaciones. El estigma previamente existente de la marginación se cristaliza en las señales distintivas del pandillero y éste se convierte en un militante de su estigma».
Y agrega que el «principal crimen reseñado por los periódicos latinoamericanos es el homicidio común, seguido del hurto a personas, los delitos sexuales y el secuestro. El homicidio sobresale en un periódico centroamericano con varias características que lo hacen distinto a las representaciones del mismo delito en medios de comunicación de otros países. Se trata de un acontecimiento que no es excepcional ni sorpresivo. Pasa con frecuencia y, además, es contado con un tono narrativo muy semejante y repetido. El homicidio es una especie de larga muerte permanente, con grados de semejanza impresionantes, aunque con víctimas diferentes. Parecería que es un estado de la sociedad (en C. A. se habla de «violencia social») que además se describe amenazada y temerosa, rodeada de autoridades que apenas encuentran un cuerpo, tienen que salir a realizar el siguiente levantamiento, o de gobernantes que de manera también constante anuncian sus medidas de mano dura en un clima de credibilidad menguada. Sin embargo, la realidad, por lo menos la dibujada en el periódico, no tiende a cambiar. Hay algo de inexorable entre la fruición del asesinato, la presencia de la amenaza criminal y el discurso reiterado de las autoridades. Y en medio de todo ello, está la sociedad».
Sin embargo, señala el estudio, en C.A. «el homicidio tiene otras connotaciones. Todo homicidio es una tragedia humana, pero acá, es contado de manera diferente. En general, se trata de crímenes, narrados en una única noticia, lo que produce por lo menos dos efectos. Uno: la falta de memoria. Y otro: la acumulación acelerada e indiscriminada de noticias que se parecen a las figuras individuales de un kinetoscopio. Entonces, hay la sensación de estar frente a un crimen continuado y asombrosamente extenso… sin embargo, para el periódico, como para algunas autoridades, buena parte de los crímenes tienen como centro las pandillas.
Las noticias son breves y con elementos descriptivos muy semejantes.
Con frecuencia no se saben ni los motivos ni los autores de los homicidios. ¿Y entonces qué función cumple esta forma particular de narrar, estos modos de representación? El autor cita a Susana Rotker que dice que «la identidad social se constituye en buena medida gracias a las memorias, los mitos, el orden simbólico. Y lo que se cuenta de ella: la narrativa da una coherencia que la realidad no suele tener».