Joffre Duimazedier, mi catedrático en el Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina -CIESPAL-, me decía, según las anotaciones de mis apuntes, que «la libertad de prensa y la de expresión, podrían ser un arma de dos filos, dependiendo de la forma en que se usara: si se usan con la idea preconcebida de utilizar como un arma para destrucción o bien si se convierten, con ética y honradez, en el instrumento para fiscalizar y denunciar cualquier acto ilegal o ajeno a los valores supremos de un pueblo o una nación, por parte del poder público».
«Creo -decía- que al informar y orientar la prensa, como un poder fuerte dentro del Estado, está llamada a ser un factor determinante en que prevalezca en las naciones un verdadero deseo de llegar al bien común con la sabiduría y la honestidad que merece la administración de un Estado, aunque ello suponga llegar a sacrificios extremos». (Recuerdo el reciente caso del periodista Jorge Mérida, asesinado cruelmente en su propia casa y a plena luz del día en una muestra absoluta de total impunidad).
El profesor Dumazedier decía que el cuarto poder debía ser, fundamentalmente, un poder frente a los abusos del propio Estado. Es por ello, al rememorar estas palabras, que siento satisfacción porque en los últimos años, los medios de comunicación, particularmente escritos, han forjado un periodismo investigativo que no se deja llevar al vaivén de rumores o complacencias, sino que busca evidencias y pruebas para denunciar a todos aquellos que en las esferas públicas se desenvuelven al amparo de la deshonestidad e impunidad más absoluta.
Debo mencionar de manera especial a Prensa Libre que últimamente ha denunciado, con evidencias más que factibles para demostrar la verdad de sus afirmaciones, casos de corrupción en migración, adopciones, transporte, Covial, IGSS y otras más que escapan a mi memoria en estos momentos.
Sé por experiencia que un periodista honesto puede afrontar muchos peligros cuando ya el crimen organizado (porque las mafias estatales son parte de éste), ha sobrepasado y dominado al Estado mismo que está corroído por esta desvalorización permanente que desnaturaliza la función que nuestra Constitución le asigna, convirtiéndose los funcionarios de los tres poderes del Estado y de muchas instituciones, junto a elementos de la iniciativa privada, en los impulsores, promotores, gestores y beneficiarios del cohecho (mordida), institución soberana que reina en todos los rincones, sin que el Ministerio Público, pese a la ayuda de la prensa, pueda hacer mucho en contra de esta lacra.
El gobierno cree que con destituir a los funcionarios corruptos el caso ya está cerrado, cuando, al contrario, si la denuncia periodística produce la remoción del señalado, son la PNC, el MP, y los tribunales, los encargados de investigar y al final, juzgar con severidad a los delincuentes.
De nada sirve la muerte de tantos periodistas, cuando la impunidad campea en el sistema de justicia gracias a los sobornos que se dan en cantidades inimaginables.
Pero la corrupción también estriba en despilfarrar el gasto público, en elevados salarios, gastos de representación, dietas, viajes, etcétera, en tanto, cínicamente, se pide al pueblo (a los pobres pues), que se aprieten aún más el cinturón.
La investigación seria y responsable de hechos ilícitos por los medios de comunicación, fortalece a la prensa y ésta a su vez, transmite confianza al ciudadano; así debe de seguirse, aunque muchos mártires, como Mérida, caigan en el camino. Su sangre derramada no será en vano.
A propósito, se rumora que ya se formó una rosca para tamizar los sobornos, integrada por un ministro, un secretario y dos diputados muy cercanos a Colom y al sector privado, apoyados por dos leyes que aprobará el Congreso para «enfrentar la crisis». Como son rumores no me crean, habría que investigarlo y denunciarlo, el problema es encontrar las pruebas.
UNA RESPUESTA. Dentro de los comentarios sobre mi columna del jueves anterior, el señor Juan José Hernández, manifiesta su desaprobación y desagrado a la misma, no en cuanto a su contenido, sino al uso de la palabra «joder» y para ello, mutila, recorta, tergiversa, y manipula la definición que el DRAE da a esa palabra, eliminando tres de sus acepciones y cortando una parte de la primera con lo que resalta lo que hirió sus delicados sentimientos: las palabras «coito» y «fornicar». Joder es, según el DRAE: 1. Voz malsonante. Practicar el coito, fornicar.2. Molestar, fastidiar. 3. Destrozar, arruinar, echar a perder. 4 Interjección de enfado, irritación, asombro, etc.». Los chapines como yo, la usamos en las tres primeras acepciones, en cambio los gringos y otras naciones la usan en el sentido de la primera. Pero para que «no me molesten, ni fastidien», prometo que si tengo que utilizar alguna de esas dos «horrendas» palabras, usaré una muy chapina y culta de Don Clemente Marroquín Rojas: «arroz con tunco».