Nuestro país necesita y requiere un acucioso, participativo y profundo giro. Un acentuado advenimiento de la democracia en todas las expresiones que se han producido en otros países, en otras sociedades. Se requiere de un liderazgo aglutinador, que busque la convergencia de todo aquello que nos pueda unir en causas comunes, factibles e inmediatas. En suma, se requiere dar un salto cualitativo, y trascender de la política de confrontación a la gestión política de acuerdos y consensos.
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Pareciera que en esta nave que llamamos Guatemala vemos que está por encallar y afanados en nuestras propias aspiraciones no nos detenemos a considerar un viraje colectivo y racional. A plantear un rumbo compartido y encarar conjuntamente los enormes desafíos. No nos ponemos de acuerdo. Se manifiesta en un lado del espectro político y en el otro. Se expresa dentro de un grupo y se reitera por su contrario aún con más vigor y encono. Ocurre de uno y otro lado. Por doquier.
Se busca con denodado esmero la identificación de los errores de nuestro oponente. Se tiende a la descalificación generalizada o a generalizar la descalificación. Se apresuran las emisiones de juicio de valor, sin más valor que resaltar nuestro prejuicio por invalidar a quien no manifieste su total y hasta subordinado acuerdo con nuestro parecer. En ese devenir en lugar de construir, destruimos lo poco o mucho que en estos años de «vida democrática» hemos alcanzado.
La tolerancia es una gran ausente. La intransigencia que debiéramos expresar frente a la impunidad y el ostracismo en el cumplimiento de las normas y las leyes, se vuelve ausente y hasta cómplice, a veces por omisión y otras por una acción erróneamente fundamentada. La polarización pareciera que es el destino que nos traza nuestro presente y raya el futuro que habremos de legar. Sin más consuelo que el desconcierto cada vez más generalizado.
Nos confrontamos con demasiada facilidad. Luchamos y nos quejamos. Exigimos, sí, pero no lo suficiente para aquellas situaciones en las que debiéramos ser intransigentes nos volvemos tolerantes (como la injusticia) y en otras que debiéramos ser tolerantes nos volvemos intransigentes (como el entendimiento y acciones en pro del desarrollo o de la institucionalidad).
En la «arena política» se construyen, se avalan o se aprueban los grandes acuerdos nacionales. Pero en este espacio también es en donde se destruyen procesos. Se fijan parámetros de valoración de orden descalificador y con ello, nos limitamos a buscar y obtener otras fuentes de financiamiento para, por fin promover el desarrollo y la democracia a todo nivel.
Pareciera que estamos al borde del abismo. Pero paradójicamente nos sentimos dispuestos a empujar a nuestros oponentes, aunque ello implique lanzarnos también al vacío. Una carrera suicida hacia la destrucción de todo tipo de posibilidades y de establecer acuerdos. El perdedor de este escenario no se circunscribe a una sola parte del conjunto. A mi juicio, perdemos todos.
Habremos de fijar aún más nuestra atención en los principales protagonistas en el Congreso de la República. Allá ellos y sus conflictos, dirán muchos. Pero el quid de la confrontación en aquellos ámbitos se traduce en la escasa o nula capacidad de arribar a acuerdos y gestionar entre todos el más amplio y acertado cumplimiento de todo el conjunto de normas que nos rigen: como sociedad y como Estado. Ignoro cuánto tiempo habrá de transcurrir para que pueda yo admitir que me he equivocado en esta apreciación. Me gustaría ver gestos proactivos (auténticos y dinámicos) en procura de la realización de uno de los principios más nobles de nuestra Carta Magna: promover el bien común. Pero a veces, muchas veces, creo que sueño despierto y queda tan solo en eso, un sueño inalcanzable.