La polí­tica de confrontación


Nuestro paí­s necesita y requiere un acucioso, participativo y profundo giro. Un acentuado advenimiento de la democracia en todas las expresiones que se han producido en otros paí­ses, en otras sociedades. Se requiere de un liderazgo aglutinador, que busque la convergencia de todo aquello que nos pueda unir en causas comunes, factibles e inmediatas. En suma, se requiere dar un salto cualitativo, y trascender de la polí­tica de confrontación a la gestión polí­tica de acuerdos y consensos.

Walter Guillermo del Cid Ramí­rez
wdelcid@intelnet.net.gt

Pareciera que en esta nave que llamamos Guatemala vemos que está por encallar y afanados en nuestras propias aspiraciones no nos detenemos a considerar un viraje colectivo y racional. A plantear un rumbo compartido y encarar conjuntamente los enormes desafí­os. No nos ponemos de acuerdo. Se manifiesta en un lado del espectro polí­tico y en el otro. Se expresa dentro de un grupo y se reitera por su contrario aún con más vigor y encono. Ocurre de uno y otro lado. Por doquier.

Se busca con denodado esmero la identificación de los errores de nuestro oponente. Se tiende a la descalificación generalizada o a generalizar la descalificación. Se apresuran las emisiones de juicio de valor, sin más valor que resaltar nuestro prejuicio por invalidar a quien no manifieste su total y hasta subordinado acuerdo con nuestro parecer. En ese devenir en lugar de construir, destruimos lo poco o mucho que en estos años de «vida democrática» hemos alcanzado.

La tolerancia es una gran ausente. La intransigencia que debiéramos expresar frente a la impunidad y el ostracismo en el cumplimiento de las normas y las leyes, se vuelve ausente y hasta cómplice, a veces por omisión y otras por una acción erróneamente fundamentada. La polarización pareciera que es el destino que nos traza nuestro presente y raya el futuro que habremos de legar. Sin más consuelo que el desconcierto cada vez más generalizado.

Nos confrontamos con demasiada facilidad. Luchamos y nos quejamos. Exigimos, sí­, pero no lo suficiente para aquellas situaciones en las que debiéramos ser intransigentes nos volvemos tolerantes (como la injusticia) y en otras que debiéramos ser tolerantes nos volvemos intransigentes (como el entendimiento y acciones en pro del desarrollo o de la institucionalidad).

En la «arena polí­tica» se construyen, se avalan o se aprueban los grandes acuerdos nacionales. Pero en este espacio también es en donde se destruyen procesos. Se fijan parámetros de valoración de orden descalificador y con ello, nos limitamos a buscar y obtener otras fuentes de financiamiento para, por fin promover el desarrollo y la democracia a todo nivel.

Pareciera que estamos al borde del abismo. Pero paradójicamente nos sentimos dispuestos a empujar a nuestros oponentes, aunque ello implique lanzarnos también al vací­o. Una carrera suicida hacia la destrucción de todo tipo de posibilidades y de establecer acuerdos. El perdedor de este escenario no se circunscribe a una sola parte del conjunto. A mi juicio, perdemos todos.

Habremos de fijar aún más nuestra atención en los principales protagonistas en el Congreso de la República. Allá ellos y sus conflictos, dirán muchos. Pero el quid de la confrontación en aquellos ámbitos se traduce en la escasa o nula capacidad de arribar a acuerdos y gestionar entre todos el más amplio y acertado cumplimiento de todo el conjunto de normas que nos rigen: como sociedad y como Estado. Ignoro cuánto tiempo habrá de transcurrir para que pueda yo admitir que me he equivocado en esta apreciación. Me gustarí­a ver gestos proactivos (auténticos y dinámicos) en procura de la realización de uno de los principios más nobles de nuestra Carta Magna: promover el bien común. Pero a veces, muchas veces, creo que sueño despierto y queda tan solo en eso, un sueño inalcanzable.