Dando una vistosa bienvenida a la entrada de la ciudad de Cobán se encuentra la Plaza Magdalena. Un complejo comercial con alrededor de 60 negocios, espacios de distracción y venta de comida. Lo más interesante del lugar es la estructura externa: una imponente construcción con forma de casco central de finca cafetalera alemana decimonónica. Llama la atención lo agudo del mensaje que los dueños de la Plaza dejaron plasmado en la construcción: le recuerda a la población del área urbana y a los miles de campesinos que llegan a esa cabecera departamental cada día, indígenas q»eq»chíes y pocomchíes, en su mayoría, que el poder en Alta Verapaz y en el país está ya definido en manos del sector terrateniente. Durante muchos años, esencialmente cafetalero.
La finca de café se constituyó en la unidad de producción fundamental en los pasados 150 años, hasta la crisis causada por la gran caída internacional de los precios del grano a inicios de la década actual. A partir de las transformaciones liberales de finales del siglo XIX, el cultivo de café determinó las relaciones sociales de producción y de convivencia en vastas áreas del territorio nacional, llegando a generar actitudes de dominación al estilo del medioevo. Dichas relaciones se viven en fincas de esa región incluso en estos primeros años del nuevo milenio.
La desigual e injusta distribución de la tierra en Guatemala tiene varios perfiles: por un lado, es el resultado de procesos históricos de despojo de tierras a las comunidades indígenas, por otro, es uno de los problemas que están en la raíz de las condiciones de pobreza y exclusión claramente descritos en los informes del desarrollo humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo; pero la cara más impactante del fenómeno es la de niñas y niños, jóvenes, hombres y mujeres que siguen siendo explotados en fincas y terrenos dedicados a los monocultivos extensivos de exportación, sin posibilidad de acceder al recurso tierra para producir sus alimentos y reproducir la vida de forma digna.
La tierra ya no es un medio indispensable para el desarrollo en las áreas rurales, dice el discurso empresarial; sin embargo, el capital nacional y transnacional ejerce hoy una gran presión sobre las pocas tierras que existen en manos campesinas, a fin de imponer la producción de caña de azúcar y palma africana para fabricar etanol y biodiésel. Nuevamente se ha producido en regiones fértiles, como la del valle del río Polochic, el desplazamiento y la expulsión de comunidades indígenas con la intención de expandir, a toda costa, la producción agroexportadora.
Mientras el nuevo despojo histórico de tierras a la población campesina sucede impunemente, la Plaza Magdalena nos invita a propios y extraños, a cerrar los ojos al entorno y disfrutar una deliciosa taza de café, sin dejar de visitar el museo del grano en la casa de la «ilustre» familia Diesseldorf, principal figura terrateniente de la región.