Desde el anuncio de su nombramiento, la relación de Miguel Gutiérrez como superintendente de Administración Tributaria con el Ejecutivo fue tormentosa, al punto de que estuvo marcada por una serie de filtraciones sobre presiones que se recibían en la SAT y que eran publicadas en las secciones de chismes y rumores. En la práctica se puede decir que Gutiérrez se había mantenido en su puesto gracias a sus buenas relaciones con la prensa que lo hacían ver como una especie de Quijote enfrentando las demandas del Presidente, la Vicepresidenta y el Ministro de Finanzas, para manosear al ente encargado de la recaudación fiscal.
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Y lo que le funcionó durante varios meses fue al final lo que le terminó costando el puesto, toda vez que sigue siendo un axioma que no se puede pelear con la cocinera y eso exactamente era lo que había hecho el Superintendente. Al lograr que los medios lo presentaran como víctima de una especie de acoso de parte del Ejecutivo, terminó por quemar sus naves y se fue acercando a lo inevitable, es decir, que el Presidente terminara por pedirle la renuncia. Y es que sin ser parte del equipo político y sin que los promotores de su designación se jugaran plenamente por él, Gutiérrez quedaba en condición muy vulnerable.
Había que haberle dado una correcta lectura al nivel de influencia que ha tenido el Ministro de Finanzas luego del simulacro de renuncia que hizo por su interpelación para comprender exactamente la correlación de fuerzas a la hora de plantear un enfrentamiento que fatalmente se tenía que definir en la escogencia entre uno y otro. Ciertamente la polémica pública también minó la posición de Centeno, pero no lo suficiente como para que pudiera pensarse que él sería el sacrificado de no lograrse un acuerdo que cada vez se pintaba más remoto y difícil.
La SAT es pieza clave de cualquier gestión de gobierno porque la recaudación depende de la eficiencia que pueda tener para proveer al Estado de los recursos para el cumplimiento de sus fines. Pero también juega un papel decisivo en temas relacionados con la corrupción y la impunidad, puesto que el contrabando sigue siendo uno de los puntos pendientes en la agenda de la transparencia en el país, y algunos allegados a Miguel Gutiérrez sostienen que precisamente que ese fue el tema crítico. Por lo menos eso era lo que se traducía en las filtraciones que se hacían a los medios que no vacilaron en señalar que había un marcado interés, desde el principio, de la Vicepresidencia por el control de las aduanas, pieza fundamental para mantener el estatus actual.
Pienso que el hasta ayer Superintendente sobredimensionó la importancia que tendrían las publicaciones en las que se atacaba tanto al Presidente como a la Vicepresidenta, sin darse cuenta que tarde o temprano le terminarían pasando la factura por la publicación de abundantes chismes en los que dejaba de pinto y colorado a los principales funcionarios del Ejecutivo. Ciertas o no las presiones denunciadas, el camino del pleito público y de la filtración de noticias terminó siendo fatal para la intención de Gutiérrez de terminar su mandato al frente de la SAT.
Y ahora quien llegue tendrá que resolver el problema que significa el desinterés de los consumidores por pedir factura ahora que para el trabajador en relación de dependencia las mismas no tienen ya ningún valor ni importancia. Nuevamente se escucha a compradores que piden rebaja “si no hay factura” porque no existe el estímulo para formalizar todas las operaciones y eso va a tener consecuencias no sólo en la recaudación del IVA sino también en las proyecciones globales de ingreso porque a menor registro de operaciones, mayor la baja no sólo en el Impuesto al Valor Agregado, sino también en sobre la Renta.