La Pietà


Eduardo-Blandon-Nueva

Lo nuestro es la piedad.  En lo más íntimo de nosotros existe el deseo loco y compulsivo de venerar.  Nos fascina la adoración.  De jóvenes rendimos culto a los músicos, cantantes y deportistas.  Más entrados en años, idolatramos a Pluto o a nosotros mismos, cansados de tanto ver hacia afuera.  No es casual la historia del becerro de oro en el relato del Éxodo.

Eduardo Blandón

 


Esta “pietas” que nos caracteriza hace que cada grupo humano tenga su propio santoral.  La Iglesia Católica, por ejemplo, tiene uno o varios venerables para cada día.  Así, el día que los salesianos celebran a San Juan Bosco, el 31 de enero, también otros festejan a Ciro y Juan, Tarsicio, Saturnino, Tirso y Víctor, Zótico, Ciriaco, Trifena, Sergio, Julio, Marcela, Luisa Albertonia y Francisco Javier María Bianchi.   Pero la lista no es definitiva porque con el tiempo los bienaventurados pueden subir en número. 
 
¿Son cosas de curas y religiones?  No, no vaya usted a creer.  También en el mundo que podemos llamar profano existen sus santos.  En Nicaragua, por ejemplo, los sandinistas después del 19 de julio, nos atestaron de guerrilleros muertos en olor de santidad llamados “mártires de la revolución”, personas a las que nosotros estábamos llamados a rendir culto.  La calle de mi barrio, para muestra, se llamaba “Jorge Iván Mendoza”, pero existía también “Ciudad Sandino”, que antes se llamaba “Ciudad Somoza”.  Los mercados a los que suele ir mi madre se llaman “Roberto Huembes” e “Iván Montenegro”.  El primero queda cerca del hospital “Manolo Morales”. 
 
Cada clase social tiene su propio “martirologio”.  Y no siempre se espera la muerte del bienaventurado para ser declarado beato.  Los oligarcas en Guatemala, por ejemplo, poco creativos y tiesos,  tienen sus capillas llenas de santos “sui géneris”: economistas, fundadores de universidad, exministr@s, filósofos y hasta curas y religiosos que en vida siguieron el juego de la defensa, dicen ellos, del libre mercado.  Sus sacerdotes suelen ser elegantes, sujetos blancos, perfumados y con apariencia de impolutos.
 
También la izquierda guatemalteca tan renuente y escéptica a todo lo que huela a sacristía tiene sus solemnidades.  El caso de Jacobo Árbenz es paradigmático.  El expresidente de Guatemala es el mártir indiscutible de las causas justas y el héroe que personificó la dignidad.  Pocos personajes gozan de tanta unanimidad entre la izquierda de nuestro país, como el caso del político muerto en el destierro. 
 
Como se ve, entonces, no somos “impíos”, sino religiosos natos.   Nos gusta erigir altares, echar incienso y postrarnos en adoración.  Y cuando surge algún Guillermo Tell, nos dan deseos locos de confinarlos, maldecirlos o crucificarlos por “ateos” y arrogantes.  Si esto es así, no sería raro que usted y yo seamos iguales.  ¿Por qué tendríamos que ser diferentes?