La ola de violencia incontenible que sufrimos desespera tanto a la población que para algunos no hay otro remedio que el de la pena de muerte, tanto si la misma se aplica mediante ejecución de sentencias firmes o simplemente en expresión de fuerza que se proyecta en la limpieza social. El asunto, al final de cuentas, es eliminar a los delincuentes a como dé lugar y ante el limbo existente en la aplicación de la pena de muerte por inyección letal, no faltan los que piensan que hay que salir de ellos por otras vías.
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En verdad esas recetas se han aplicado en exceso en Guatemala y no por ello somos un país pacífico y libre de delincuentes. Sabrá Dios cuántos inocentes fueron asesinados por los encargados de hacer limpieza social a lo largo de décadas enteras en las que se recurrió a ese procedimiento para salir de asesinos, ladrones, violadores, secuestradores, de los que tenían apariencia de delincuentes o se encontraban en el lugar equivocado cuando los escuadrones hacían su tenebrosa «limpia». Pero el caso es que se ha matado a miles de personas en el marco de lo que de manera muy eufemística se conoce como limpieza social y, repito, Guatemala no ha mejorado. Por el contrario, hoy en día estamos peor que antes, no obstante esa sistemática eliminación que en determinados períodos de la historia contemporánea, alcanzó proporciones de orgía sangrienta. Pero tenemos que entender, aun los que nos oponemos a la pena de muerte, que se ha llegado a situaciones desesperadas y que la desesperación siempre ha sido mala consejera, por lo que frente a la ausencia de políticas públicas de seguridad ciudadana, no se nos puede ocurrir nada más que apelar a recetas de mano durísima, que mediante la aplicación de la ley o simplemente mediante la arbitraria ejecución extrajudicial, mande al otro mundo a los seres indeseables o, por lo menos, a quienes nos lo parezcan. Los argumentos sólidos que se pueden esgrimir en contra de la pena de muerte no encuentran eco en un colectivo social que está desesperado y angustiado por la forma en que los criminales se comportan, desafiando a las autoridades y humillando a la sociedad. Por supuesto que hay razones de peso para explicar que la pena de muerte no es solución a lo que nos ocurre, entre ellas la existencia de un sistema judicial absurdo que manda al bote a un ladrón de palomas y deja en libertad o protege a quienes planifican y ordenan la muerte de alguien mediante la contratación de sicarios. Los movimientos a favor de la pena de muerte siempre florecen y prosperan en medio de situaciones dramáticas y trágicas como las que está viviendo Guatemala en la actualidad porque es comprensible que la gente busque medidas desesperadas en medio de una crisis de seguridad que se traduce en la sensación de inminente peligro para todos los habitantes del país. Creo, sin embargo, que nuestra presión debe ir por otro lado, porque aun y cuando se pudiera restablecer plenamente la pena de muerte, la experiencia demuestra que el sistema de justicia se aplicará, si acaso, a unos cuantos pelados, dejando libres a los que algún poder tienen y que serían justamente los que ahora estarían provocando esta ola criminal. No creo en la limpieza social porque no sólo mata a inocentes, sino que envilece a la sociedad que acepta y aplaude su práctica. En cambio creo que hay que exigir con firmeza al Gobierno que cumpla con su obligación constitucional en materia de seguridad. Actuar como ciudadanos, para demandar el cumplimiento de la ley, es lo que nos corresponde y para ello hay que sacudir la modorra que nos da tanta indiferencia.