La pena capital


Son muchos los que han elevado la voz en contra de la pena de muerte (desde el Cardenal Quezada Toruño hasta, por ejemplo, la revista alternativa albedrio.org) y así­ es un gusto no formar parte de un grupo minoritario en el tema. Los argumentos son variados y ojalá si no se puede convencer a los «fans» por el derramamiento de sangre y sed de venganza, al menos se tomen la molestia de leer las ideas contrarias para que fortalezcan o flexibilicen sus posiciones.

Eduardo Blandón

Los argumentos en contra de la pena capital son variados. Repasémoslos una vez más. Primero, la pena de muerte no es disuasoria. Contrario a lo que dicen los fans de la pena de muerte respecto a la disminución de la delincuencia cuando su aplicación es certera, las estadí­sticas lo desmienten. No es cierto que el delincuente experimente miedo, terror y temblor por el conocimiento del castigo mortal, ellos parecen estar más allá del bien y el mal.

La pena de muerte elimina las posibilidades de rehabilitación. Este argumento tiene sentido si se tiene la convicción de que el delincuente puede regenerarse e integrarse eventualmente a la sociedad. Evidentemente, si se afirma que el delincuente es «incorregible», «maldito», «impenitente» y «basura humana», no hay nada que hacer o, precisamente, sólo habrí­a una ví­a: su eliminación.

La imposición de la pena capital comporta posibilidad de error en el procedimiento jurí­dico. La experiencia ha demostrado por doquier, donde se aplica este tipo de castigo, que las posibilidades de error por parte de la justicia no son extrañas ni casuales. «Uno en mil», dicen algunos. Pero una vida al fin y al cabo. Bastarí­a un solo caso para abolirla.

La publicidad se desata sin reparos, cuando se trata de su aplicación, y esto crea un ambiente malsano y morboso, perjudicial sobre todo para los niños y jóvenes. Este argumento no es difí­cil evidenciar si recordamos los últimos casos de este tipo de castigo. Hay que recordar las veces que los noticieros televisivos pasaron las escenas de la condena de los fusilados en Escuintla, los tiros de gracia y todo el amarillismo con que fue presentado. «Eso no trauma a nadie», dicen, «es peor lo que miran por televisión». El asunto es que el Estado no puede promover este tipo de espectáculos que son, aunque no se quiera reconocer, perniciosos para la educación de las jóvenes generaciones.

Finalmente, las dilaciones largas producen un largo perí­odo de ansiedad y angustia en los condenados. «Está bien, qué sufran los desgraciados», dicen algunos. Pero eso no es conforme a la consideración que se debe tener hacia una persona humana. Los delincuentes son personas y tienen dignidad. Pero recordemos también que en muchas ocasiones sus fechorí­as y maldades son producto de un sistema construido por nosotros -por omisión o acción-. No podemos castigar con irracionalidad y bestialidad, actos, es cierto, «animalescos» por parte de ellos. Nosotros debemos estar por encima de su sistema de valoración.

La pena de muerte deberí­a ser ajena a nuestro sistema de ver el mundo, principalmente si se trata de una sociedad mayoritariamente cristiana (protestante y católica). Como dice Enrique Morales en uno de sus libros: «la abolición de la pena capital testimoniarí­a la convicción de que Dios es dueño de la vida». Y que conste que esto no es una apologí­a, como dirí­a el Cardenal, de que la justicia no se cumpla y los delincuentes no reciban castigo.