«Soy un médico de quirófano, no de escritorio». Así se define el doctor Carlos Gallardo Flores, quien fue titular de la Inspectoría de Hospitales durante el gobierno del presidente Juan José Arévalo y que atribuye a una oscura conspiración entre empleados gubernamentales guatemaltecos y la Oficina Sanitaria Panamericana (Buró Sanitario Panamericano -precursor de la Organización Panamericana de la Salud-) el «uso» de militares, prostitutas y enfermos mentales como «conejillos de Indias» para probar la penicilina entre 1946 y 1948, durante el mandato de un gobierno revolucionario en Guatemala.
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A través de la investigación documental, el médico -que ahora tiene 88 años- evidenció cómo ante la falta de una legislación rígida en materia de salud, países como Guatemala se encuentran en riesgo de ser centros de operación para experimentos farmacéuticos con humanos, que podrían desarrollarse al margen de los principios básicos de la ética médica.
El gobierno de los Estados Unidos reconoció su responsabilidad en la inoculación de guatemaltecos entre 1946 y 1948, para probar la penicilina.
El doctor John Cutler, quien hizo en Guatemala una investigación sobre la penicilina -y que ahora es motivo de una gran polémica-, fue el mismo que en 1932, en los Estados Unidos inició los experimentos para tratar la sífilis en un grupo de negros en el estado de Alabama. A los conejillos de Indias, elegidos por su condición racial, les contagiaron con esa enfermedad para luego tratarlos en dos grupos. A unos con penicilina y a otros con placebo. A muchos de los que entraron en el programa les ofrecieron una indemnización para la familia, creo que eran 50 dólares.
Se habla de los experimentos con guatemaltecos de 1946, pero Cutler vino a Guatemala desde los inicios de la década de los 40. La Oficina Sanitaria Panamericana sabía que en Guatemala no había legislación para prohibir esa actividad y que podían hacer experimentos. Por eso, iniciaron las investigaciones con militares presos, prostitutas, y presuntamente enfermos con trastornos mentales. Las investigaciones se habrían realizado en grupos controlados, es decir que no se van a encontrar nombres, por eso no se puede hablar de una indemnización para los familiares; se puede sospechar de quienes habrían sido las víctimas, por la forma en cómo murieron, pero no se sabe si efectivamente se fueron por los experimentos.
Se dice que también podrían haber sido víctimas, niños huérfanos.
Podría haber sido. Cabe la posibilidad. Hubo mucha gente que se habría prestado y todavía existen.
¿Cómo puede estar seguro de lo que afirma?
Los experimentos se hicieron y todavía lo hacen, aunque no le puedo decir con certeza qué empresas.
Se dice que los experimentos se realizaron de 1946 a 1948. ¿Sabían las autoridades del gobierno revolucionario lo que estaba ocurriendo?
En ese entonces no lo supo nadie, además de los que trabajaban con jefes de unidad.
¿A qué unidades se refiere?
Por ejemplo, en Guatemala había una Unidad de Enfermedades Venéreas, que estaba a cargo del doctor Juan Funes. Era un médico muy estudioso y que trabajaba mucho. Hacía estudios. De ahí, el doctor Cutler debió sacar información de las enfermedades venéreas. Había una lista de las personas con sífilis, gonorrea y otras. Recuerdo que trabajé en un dispensario de Salud Pública, donde había un área especial en donde se inyectaba a las personas enfermas, no penicilina porque aún no había -más que en experimentación- sino que se utilizaban los medicamentos arsenicales y orales.
Se refiere a que sí hubo complicidad guatemalteca en los experimentos, pero se trataba de empleados del sector salud, y con el apoyo de la Oficina Sanitaria Panamericana.
Sólo a baja escala. El doctor (Juan José) Arévalo, un humanista, -como lo describe Oscar Clemente Marroquín- era imposible que fuera a permitir semejante cosa. Imposible. Como dicen en La Hora, tenemos algunas cosas con qué criticar al doctor Arévalo, pero en eso y en la honradez, no.
¿Qué hay de la complicidad y encubrimiento de la Oficina Sanitaria Panamericana?
La complicidad se debió a que la Oficina Sanitaria Panamericana los obligó a realizar los experimentos. ¿Cómo se le iba a ocurrir al jefe de la Unidad de Enfermedades Venéreas, al doctor Funes, hacer una investigación inyectando sífilis a los guatemaltecos? Eso no lo podía hacer él. No lo podían hacer porque no tenía capacidad moral.
¿Cómo podría el doctor Cutler concretar un proyecto experimental pasando desapercibido ante las altas autoridades del gobierno de turno?
Porque la Oficina Sanitaria Panamericana lo apoyó. Y todavía ahora se hacen experimentos con seres humanos en países del tercer mundo. Un ejemplo es la talidomida, que dio niños mocomiélicos, que nacieron sin brazos o piernas. O experimentos realizados en ífrica y América, en donde la gente se presta por dinero. Lo hacen las empresas farmacéuticas. Les pagan y lo hacen mientras les pagan, aunque les dicen que no habrá daños. El problema es que no hay leyes especiales para evitar esta práctica. Ahora, en los países donde ya hay leyes especiales se puede evitar. En Guatemala es peligroso.
¿Cree que en Guatemala hay registros documentales de los experimentos?
Todo está en los archivos de Estados Unidos. Ya están saliendo a luz los datos. Lo único que no pueden sacar son los nombres, porque normalmente en este tipo de investigaciones no se consignan. Seguramente están nombrados como «paciente número 1», «paciente número 2», etcétera.
Usted escribió el libro «El Cólera, la rabia y otros flagelos (vida de médico)» con importante información sobre la inoculación. ¿En qué contexto desarrolló su investigación?
Para escribir ese texto leí e investigué un poco más de lo que ya sabía sobre el tema. Cuando estuve en Suecia conocí a un médico polaco-judío que estuvo en campos de concentración. í‰l sirvió de conejillo de Indias para médicos nazis, pero consiguió y guardó un expediente con información sobre las investigaciones que hicieron en él. En Suecia, entre 1954 y 1955, se empezaba a hacer cirugía cardiaca con hibernación, es decir, enfriando a los pacientes para que la sangre exigiera menos oxígeno, de tal manera que se podía parar por un tiempo y hacer la cirugía. Las personas morían cuando las calentaban de nuevo, con irrigación ventricular, pero este señor les enseñó que a él le habían puesto en hibernación, pero en su calentamiento no había problemas porque lo emborrachaban. Lo empezaron a hacer en Suecia, con inyección intravenosa. El juicio de Nuremberg fue eso. Sabemos que Schilling creó la formula para conocer los glóbulos blancos, pero fue de los que enjuiciaron y mataron en Nuremberg, porque se prestó para matar judíos.
Hay un sentimiento de indignación en Guatemala. ¿Cómo cerrar este capítulo?
No se puede resarcir a los familiares de las víctimas, pero si el gobierno carece de fondos puede pedir resarcimiento para el Estado. Pero hay algo más importante, hay que crear una legislación específica y mejorar los mecanismos para evitar que se continúen realizando experimentos con humanos. Un punto de partida serían las Leyes de Finlandia, que mandan como realizar investigaciones en humanos.
¿Hay razones para pensar que las farmacéuticas van a detener esta práctica?
No, mientras que la gente se presta. Hasta que haya una buena distribución del ingreso y no haya miserables, se podrá evitar.
El doctor Carlos Gallardo Flores era sólo un estudiante de medicina cuando en Guatemala estaba a punto de tomar el poder político el movimiento revolucionario, que habría de gobernar el país entre 1944 y 1954, y que estaría encabezado por el doctor Juan José Arévalo.
Pero Gallardo Flores no fue un simple espectador. Participó activamente en la política y se convirtió en Jefe de Propaganda del partido oficial de entonces, y luego escaló peldaños en el sector de la Salud, al cual se dedicó de lleno en los años siguientes.
En su extensa hoja de vida destacan su nombramiento como Inspector de Hospitales, Viceministro de Salud y posteriormente, como jefe del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social.
Su preparación en Suecia le permitió alcanzar importantes reconocimientos y cumplir con nobles propósitos, como el desarrollar complicadas cirugías de tórax y centenares de intervenciones de pulmón, además de atender heridas de corazón en pacientes vivos. «Soy un médico de quirófano, no de escritorio», dice Gallardo Flores, quien a sus 88 años conserva una mente lúcida, que le permite recordar decenas de experiencias con un alto nivel de detalle. «El cólera, la rabia y otros flagelos (Vida de médico)» y «La Utopía de la Rosa» son sus publicaciones.
Carlos Gallardo Flores
Ex Inspector de Hospitales