La ofensiva pistocracia



Cada proceso electoral tenemos la oportunidad de confirmar que vivimos un sistema polí­tico muy peculiar en el que al final de cuentas lo determinante y decisivo no es ni la ideologí­a, ni el mensaje, ni la personalidad de los candidatos, sino que en resumidas cuentas, el tamaño de las contribuciones que alguien es capaz de recoger, puesto que todo se decide con base en la capacidad de realizar cuantiosas inversiones no sólo para la necesaria y costosa propaganda, sino que también para movilizaciones que muestren presencia y aseguren voto, así­ como para disponer de los mecanismos de verificación el dí­a de la elección.

El micropartidismo que tanto se señala en el paí­s y la proliferación de candidaturas demasiado pequeñas, tiene una estrecha vinculación con el tema económico. Alguien podrá decir que aquellos partidos que no tienen capacidad de disponer de buenos financistas no tienen por qué existir y menos por qué participar, pero cuando reflexionamos un poco sobre la cuestión vemos el verdadero problema.

Y es que los guatemaltecos, como los electores de muchos paí­ses como el nuestro, votan pero no eligen realmente porque los que eligen son los que tienen dinero para aportar y apostar a ciertas figuras. ¿Cree usted que esos aportes son de gratis, patrióticos y desinteresados? Si usted está convencido de que así­ es, entonces creerá que vivimos en el sistema perfecto y que los más pistudos hacen el favor de elegir bien para compensar los «errores de las masas». Pero cuando sabemos que el capital no actúa de manera desinteresada, tenemos que entender que nuestra mal llamada democracia es en realidad una pistocracia mediante la cual quienes tienen el dinero se aseguran disponer de todas las facilidades comprando a los polí­ticos desde antes de que lleguen al poder.

¿Por qué Guatemala es uno de los paí­ses más desiguales y con mayor brecha social de todo el mundo? La respuesta está en que el ejercicio del poder en nuestro paí­s es para beneficio de quienes eligen a los gobernantes y esos son, cabalmente, los que les encumbran poniendo dinero suficiente. Puede surgir un buen candidato, capaz y honesto, además de visionario, pero si no tiene un centavo para hacer campaña porque el gran capital no lo toma en cuenta, se quedará como un enano polí­tico sin que ni su figura ni sus ideas, no digamos sus propuestas, puedan trascender.

Por supuesto que para algunos es éste el sistema perfecto, porque podemos decir sin rubor que el pueblo elige a sus autoridades libremente en elecciones incuestionables. Sin embargo, cuando vemos que para pedirse cartas en un proceso electoral hace falta vender literalmente el alma al diablo (aunque el diablo se disfrace como quiera), tenemos que entender que nunca el paí­s revertirá esos í­ndices de inequidad porque el sistema está hecho para que el que tiene plata pueda siempre acumular más porque aquí­ el billete es poder, no el voto.