La OEA irrelevante


La irrelevancia del sistema regional integrado en la Organización de Estados Americanos no es una cosa reciente ni que se refleje únicamente en la cuestión cubana, con el veto de uno de los miembros al aparente consenso del resto de naciones. La verdad es que esa inoperancia se vio más grave que nunca hace años, cuando se produjo la guerra de Las Malvinas entre Argentina y la Gran Bretaña, situación en la que el sistema interamericano falló en forma estrepitosa y hasta se dio el caso de que Estados Unidos tomó partido a favor de los agresores extracontinentales.


En realidad la Organización de Estados Americanos, por cuestiones puramente de criterios hegemónicos, no tiene su propia agenda y la que maneja no es siempre la de todos los paí­ses miembros porque existe una disparidad demasiado grande que coloca a la mayorí­a en situación supeditada a la lí­nea que dispone el más grande de los miembros, es decir, Estados Unidos. En el sistema de Naciones Unidas también existe la asimetrí­a del poder que otorga derecho a veto a los Estados más grandes, pero en el sistema interamericano ni siquiera Brasil, con su tamaño y enorme potencial económico, es capaz de enfrentar las decisiones norteamericanas.

Esa realidad hace inoperante a la Organización de Estados Americanos porque no puede cumplir sus fines en ningún caso si los mismos entran en contradicción con los fines y objetivos del socio hegemónico. Lo ocurrido en la Asamblea General de Honduras es una clara muestra, porque a excepción de Estados Unidos, todos los otros paí­ses miembros tienen relación diplomática con el Gobierno de Cuba, lo que implica el reconocimiento pleno de la soberaní­a de ese Estado y de sus derechos polí­ticos, pero la exigencia de que la decisión sobre el futuro de ese paí­s en la OEA sea por consenso significa que basta y sobra con una oposición, ya anticipada y sabida, para que el asunto quede postergado bajo condiciones decididas por uno de los miembros.

Y precisamente esa irrelevancia de la OEA y su pernicioso papel en la región nos obliga a alertar sobre su actuación en el diferendo entre Guatemala y Belice porque no se puede pensar, ni por asomo, que se trate de una actitud basada en las normas del derecho internacional en busca de soluciones de justicia, sino de las presiones e intereses que son al final de cuentas el factor dominante en las resoluciones de cualquier tipo que adopta al Organización continental. La OEA siempre ha sido insulsa y lo demuestra su historia. Ahora la diferencia es que su Secretario General hace más evidente esa caracterí­stica penosa porque mencionar su nombre es recordar la tradición de la OEA.