Este tiempo recién pasado de recogimiento espiritual ha servido a muchas personas para reflexionar – aparte de las causas del cristianismo- acerca de temas tan importantes como el futuro que espera la población guatemalteca que está sumida en un maremágnum de violencia criminal, organizada en forma psicológica, y la violencia mercantil manifestada en la escalada imparable de los precios.
Todos los gobiernos efectúan la realización de sus plataformas ideológicas bajo la premisa que están amparados en la «democracia»; de esa cuenta, desde al año 1986 Guatemala vive en «democracia», pero bajo una tiranía económica que no permite al grueso de la población vivir en condiciones mínimas de dignidad.
«Democracia» es una palabra mágica, legitimadora, capaz de otorgar prestigio y poder casi absoluto a quienes la emplean para los más diversos fines; su sola mención permite justificar lo sublime y lo grotesco mediante la simple invocación a la «demos». La democracia es la gran triunfadora en el mercado de las ofertas políticas y su grey está convencida de que las restantes opciones son vestigios del pasado, anomalías históricas o especies en peligro en extinción.
El supuesto amor al pueblo -ese sujeto histórico indefinible e inasible- cancela la posibilidad de lo diferente y lo distinto; los proyectos políticos nacionalistas, socialistas, neo fascistas al igual que las teocracias islámicas, están totalmente desacreditados en el «democrático» occidente. Por lo anterior, uno de los dogmas de la nueva religión política -económica exige que la «globalización» sea el único camino posible: de la misma manera, un régimen como el de Fidel Castro solo pueden verlo como una «anomalía histórica» o un vestigio del pasado que se niega a morir.
Mientras las propuestas políticas y los regímenes no «democráticos» son observados con suspicacia y tratados con desdén, los dictadores y populistas hace esfuerzos por dar una apariencia democrática a sus mandatos. A la menor provocación invocan al pueblo o convierten los supuestos deseos de los ciudadanos en una verdad revelada que solo ellos son capaces de conocer e interpretar.
Desde 1989, el capitalismo y la democracia se presentan ante la humanidad como los grandes vencedores, y al suponer la ausencia de adversarios significativos, se creyó que esa «santísima dualidad» extendería sus virtudes por todos los países del mundo, dando paso a un nuevo y maravilloso período de la historia.
¿Podemos creer en un partido político «democrático» que proclama la paz a los cuatro vientos a pesar de que vive en un estado de guerra permanente, esperando un mejor momento para manifestarse con toda su furia? La farsa y la mediocridad son los distintivos de la mayoría de sus protagonistas.