Siempre he sido gran aficionado a escuchar la radio, especialmente en onda corta. Me parece que es uno de los inventos más significativos del último siglo pues, junto con el telégrafo, el aeroplano, el teléfono, el cine y la televisión, sentó las bases de la gran revolución que en el terreno de las comunicaciones, hoy experimentamos en toda su plenitud. La radio cumple con muchas funciones que las sociedades modernas demandan: información, orientación de la opinión, recreación, etcétera. Todos los países (o casi todos) poseen radios y canales de televisión nacionales que son instituciones que tratan de llenar todos los requerimientos de comunicación que sus respectivas sociedades demandan. En nuestro país, lamentablemente, la tradición que se había establecido en la radio y la televisión se perdió debido al descuido en que los responsables de su cuidado, fomento y dignificación propiciaron en aras del mercantilismo y del seguimiento de las consignas de los dueños y de gobiernos de turno que nada han sabido respecto al significado que los medios de comunicación tienen en la formación y entretenimiento de los ciudadanos.
Pero el fenómeno que me interesa destacar es el relacionado con algunas radiodifusoras que se han especializado en programar música de hace dos y tres décadas atrás (años 60 y 80) que no son pocas, pues me parece muy interesante el hecho de que haya un buen número de personas que deben andar por los 30 y 40 años, que optan por escuchar música vieja con la nostalgia de su pasada adolescencia y juventud y prefieran escuchar temas totalmente gastados como la monótona y tediosa, Hotel California, en su versión larga, y otros temas parecidos que, a estas alturas, ya no transmiten ninguna emoción y que la música contemporánea ha superado con creces. No cabe duda de que es un síntoma de la imposibilidad de superar la juventud casi perdida y de dar los saltos que el presente y el futuro requieren para marchar al ritmo de los tiempos. Quienes piensan que todo tiempo pasado fue mejor, vale recordarles que esa idea es signo inequívoco de que la vejez, es decir la caducidad, ha penetrado en el alma y que la voluntad de enfrentar el futuro, o ha disminuido o ha fenecido anclado en el pasado.
¿Y qué podríamos decir de quienes todavía se emocionan al asistir a conciertos de grupos setenteros que, hoy por hoy, son fósiles cuyos estados financieros negativos los hacen recorrer países tercermundistas que en sus momentos de gloria jamás pensaron visitar?
Algo muy significativo se refleja en esa tendencia hacia el pasado, en ese tono de nostalgia en el que tanta gente se refugia, escuchando música en inglés de sus años mozos o música de tríos, de Pedro Infante, Las Sonoras Matancera y Santanera y boleros quejumbrosos en general. Estos rasgos forman parte, inequívocamente, de nuestra idiosincrasia.