La nostalgia como patologí­a social


Hace una semana destacaba en esta columna la gran cantidad de personas que escuchan otra considerable cantidad de radiodifusoras que programan música del recuerdo. No hace mucho tiempo también observaba y escuchaba, con bastante frecuencia, en cierto lugar recreativo, a un grupo de amigos jubilados (médicos unos, abogados otros y de otras profesiones, los menos) reunirse alegremente y entonar también canciones del recuerdo, entre ellas tangos, los más trágicos y nostálgicos. Hay también una generación casi completa que adora la música de trí­os y que se solaza investigando, hablando y coleccionando cuanta versión se pueda de las mismas canciones cursis y lloronas con que se apasionaron en su juventud.

Milton Alfredo Torres Valenzuela

Las anteriores conductas parecerí­an normales a primera vista, pero basta comparar cómo en otras sociedades en el que la calidad de vida es superior a la nuestra, ese tono nostálgico no tiene la misma profusión que aquí­. Por tal razón me atrevo a aseverar, que el tono nostálgico, que determina al menos a tres generaciones, es signo, o al menos indicio, de que algo patológico pasa a nivel social y polí­tico.

La idea de que el tiempo pasado fue mejor, se actualiza y hace mella en contextos como el nuestro en el que sí­, efectivamente, comparamos la calidad de vida de hace 30 o 40 años, con la calidad de vida actual, no cabe duda que el pasado sale ganando. El problema es que la nostalgia conlleva un refugiarse en algo que se tuvo y que se perdió y que, por la misma razón, se idealiza, se toma como paradigma y se trata de volver a instalar, o sea, restaurar a corto plazo, cosa totalmente imposible y, por imposible, frustrante.

Cuando la nostalgia se apodera de la voluntad, entonces todo envejece y se neutraliza, la voluntad de poder, de promover y ejecutar cambios, de crear nuevas formas culturales y de vida, se adormece o se anula, dando paso a la indiferencia y, con ella, a la impotencia.

Como dije anteriormente, la nostalgia excesiva es signo o indicio de que algo enfermizo anida en nuestra sociedad y de que es necesario rescatar, claro que en otra dimensión porque los contextos ya no son los mismos, al menos la calidad moral de los tiempos pasados.