Hace una semana destacaba en esta columna la gran cantidad de personas que escuchan otra considerable cantidad de radiodifusoras que programan música del recuerdo. No hace mucho tiempo también observaba y escuchaba, con bastante frecuencia, en cierto lugar recreativo, a un grupo de amigos jubilados (médicos unos, abogados otros y de otras profesiones, los menos) reunirse alegremente y entonar también canciones del recuerdo, entre ellas tangos, los más trágicos y nostálgicos. Hay también una generación casi completa que adora la música de tríos y que se solaza investigando, hablando y coleccionando cuanta versión se pueda de las mismas canciones cursis y lloronas con que se apasionaron en su juventud.
Las anteriores conductas parecerían normales a primera vista, pero basta comparar cómo en otras sociedades en el que la calidad de vida es superior a la nuestra, ese tono nostálgico no tiene la misma profusión que aquí. Por tal razón me atrevo a aseverar, que el tono nostálgico, que determina al menos a tres generaciones, es signo, o al menos indicio, de que algo patológico pasa a nivel social y político.
La idea de que el tiempo pasado fue mejor, se actualiza y hace mella en contextos como el nuestro en el que sí, efectivamente, comparamos la calidad de vida de hace 30 o 40 años, con la calidad de vida actual, no cabe duda que el pasado sale ganando. El problema es que la nostalgia conlleva un refugiarse en algo que se tuvo y que se perdió y que, por la misma razón, se idealiza, se toma como paradigma y se trata de volver a instalar, o sea, restaurar a corto plazo, cosa totalmente imposible y, por imposible, frustrante.
Cuando la nostalgia se apodera de la voluntad, entonces todo envejece y se neutraliza, la voluntad de poder, de promover y ejecutar cambios, de crear nuevas formas culturales y de vida, se adormece o se anula, dando paso a la indiferencia y, con ella, a la impotencia.
Como dije anteriormente, la nostalgia excesiva es signo o indicio de que algo enfermizo anida en nuestra sociedad y de que es necesario rescatar, claro que en otra dimensión porque los contextos ya no son los mismos, al menos la calidad moral de los tiempos pasados.