En la historia de la música occidental, uno de los compositores más gloriosos es Johannes Brahms, cuya música ha quedado inscrita en la eternidad. Su vida sufrida lo orilló al islamiento y lo sumergió en la pugna entre el modernismo y la música formal. De allí que se diga que Brahms tenía mucha dificultad para componer, lo cual no es cierto, ya que el maestro trabajaba con regularidad como director de orquesta y como pianista; durante el verano se iba a componer a las montañas de Austria.
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela
Más tarde se vio atraído por Italia, como apuntamos. Por otra parte sus sinfonías y liedes hablan por ello mismo de su genialidad.
Como siempre esta columna va dedicada a Casiopea dorada, esposa de tul y lucero, quien es viva primavera en mi vida y pasa como innumerable aroma recogiendo diariamente mi esperanza, mi ilusión apresurada y mis ansias de tenerla en plenilunios infinitos.
Por otra parte, hay que apuntar que con frecuencia visitaba a la viuda de su mejor amigo, Robert Schumann. También permanecía unido profunda y sinceramente a Hanslick, quien, con gran torpeza por cierto, puso en paralelo a Brahms con Wagner. Fue necesario esperar a la ejecución de la Primera Sinfonía en 1877, para que Hans von Bülow se convenciera de la alta significación de Brahms; sin embargo, esta admiración tardía no fue muy hábil en la elección de sus términos, pues sería de muy mal gusto admitir como una invención feliz la célebre fórmula de las “tres B” (Bach, Beethoven, Brahms). Al frente de la célebre orquesta de Meiningen, von Bülow interpretó a Brahms por todas partes. Bach, Händel y Beethoven fueron los ídolos de Brahms; también profesaba una gran admiración por Johann Strauss. Un día escribió sobre un abanico de Adela Strauss el principio del “Danubio Azul”, añadiendo bajo lo anotado: “¡Desgraciadamente, no es de Johannes Brahms!”. Frecuentemente se le presenta como enemigo de Wagner; sin embargo, él mismo se llamaba “el mejor wagneriano”. Esta admiración se desprende también de muchas de sus cartas: “Actualmente, Wagner es el primero. Todo lo demás se desvanece ante él. Nadie –no digamos los “wagnerianos”– conoce tanto como yo su verdadero valor para estimarle en lo que se merece”.
Por el contrario, Brahms no es ponderado cuando dirige su violenta crítica a Bruckner, de cuya música decía: “una monstruosa trompetería de la que no se hablará de aquí a un año o dos” e “¿Inmortales las obras de Bruckner? ¿Sinfonías? ¡Dejadme que me ría!”. En 1896 murió Clara Schumann: “Muchas veces –escribió entonces–, que, de ahora en adelante, mi suerte es envidiable, pues ya no me es posible perder definitivamente a nadie que quiera tanto, tan enteramente y tan de todo corazón”.
Sin embargo, y aunque la cosa parezca mentira, ¡Brahms se equivocó de tren cuando tuvo que asistir a su entierro!
Desde aquel entonces ya Brahms padecía del hígado aproximadamente desde hacía un año. La muerte de Clara parece ser que le afectó de tal manera que su mal se agravó súbitamente. Desde este momento no compuso más que algunos preludios corales como “Oh mundo, debo abandonarte”. Se le ocultó lo alarmante de su estado. En su lecho de muerte escribió: “Para ver si mejoro voy a guardar cama durante algunos días, por eso no puedo escribir cómodamente”. Poco después perdió el conocimiento y murió.
Era el 3 de abril de 1897. Brahms había así, traspuesto la miseria de su vida y entrado a la eternidad de los forjadores de sueños.
Estos apuntes están basados en estudios de Edward Shober, Kurt Palerm, Harriete Brower y André Gauther, entre otros.