La muerte


Eduardo-Blandon-Nueva

No tenemos experiencia de la muerte. Nos aproximamos a ella con cautela y dolor cuando alguien cercano a nosotros la padece. Y solo nos toca en ese momento. Lo demás son conceptos, ideas vagas de un fenómeno que en la juventud se experimenta lejano, pero que gradualmente nos acecha y nos transforma. ¿En qué? En sujetos para la muerte, diría Heidegger. Quizá solo alcanzamos el estatus humano cuando nos volvemos conscientes de ella.

Eduardo Blandón


  La muerte está ahí.  Su conciencia hace que la vida tenga otro color.  No seríamos quien somos sin ese horizonte cierto.  A partir de ella nuestros actos cobran vigor y al mismo tiempo se vuelven fútiles.  Nuestros actos son importantes en función de la brevedad de la existencia.  De aquí que el decir “te amo”, por ejemplo, contenga un valor que pocas veces consideramos.  “Te amo” significaría algo así como: “en la brevedad de mis días, es una alegría compartir la felicidad con alguien como tú.  Adoro el momento trascendental de estar contigo aun y cuando sé que un día no estaré para decírtelo de nuevo”.

    El límite temporal de nuestra vida, la finitud de nuestra naturaleza, vuelve los momentos en barruntos de eternidad.  Vivir significa experimentar lo eterno en el tiempo.  Pero esto se nos olvida, en consecuencia pasamos, como dice el poeta, distraídos.  Malgastamos la vida como lo hace el drogadicto o el alcohólico: inconscientemente, dormidos, entretenidos en otra dimensión, huyendo de una realidad que no nos gusta por falta de inteligencia vital.  Se necesitan circunstancias muy “sui generis” para despreciar la vida.

    Pero la muerte también hace que nuestros actos se vuelvan fútiles.  Solo un imbécil puede considerar su existencia desde lo absoluto.  Somos ave de paso, una flor que se marchita y muere.  Por esto quien es consciente de lo efímero de la vida, ríe, como Buda.  El sabio comprende la contingencia humana y es indulgente, sabe perdonar y perdonarse.  Es consciente de que el cosmos seguirá su trayectoria aun y cuando él falte.  El destino de la humanidad no depende de él.

    Todo lo anterior hace que la vida no sea sino un aprendizaje para la muerte.  El sabio aprende a morir todos los días, el idiota nunca atisba el horizonte, vive atrapado en el aquí y el ahora, muerto desde el arranque.  Por lo que esta nota es un llamado de atención para meditar sobre la muerte, como el personaje shakespereano que, con calavera en mano, piensa en la finitud de la vida.  Un día moriremos.  La noticia debe volvernos pedagogos existenciales y retomar lo pendiente.  Es mi mayor deseo para usted y me lo recuerdo ahora que lo escribo.