Esta fue la profunda y sabia expresión con que Su Excelencia Rodolfo Cardenal Quezada Toruño explicó lo que era el acontecimiento ante los restos mortales del presidente Ramiro de León Carpio en la homilía de la misa que ofició a la llegada al país del cadáver de Ramiro, quien 72 horas permaneció en su apartamento de Miami sin que se supiese que había dejado de existir.
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En mi carácter de Vicepresidente, de compañero universitario y amigo me cupo la tarea de recibirlo en el aeropuerto; a mi hija María Elisabeth Reyes Wyld, en su carácter de cónsul en Miami en ese momento, le correspondió hacer todos los trámites requeridos para repatriarlo.
El lunes 4 de junio a primera hora supe que ya no podría visitar o hablar con el Cardenal Quezada Toruño como lo hacía semanalmente los días viernes, Dios había determinado que ese gran hombre dejara de estar en el mundo y de preocuparse, como lo hizo siempre, de los múltiples problemas sociales que han venido afectando a nuestro país.
Hace menos de un mes tuve el honor de almorzar con Su Excelencia en su residencia al lado de la Conferencia Episcopal, en el municipio de Mixco, de escuchar sus preocupaciones por lo acontecido en el municipio de Barillas, Huehuetenango; por la forma en que se realiza la minería en Guatemala, por la necesidad de encontrar equilibrio y acuerdo en el desarrollo del país.
Qué hombre más importante y especial. Todos sabemos lo determinante que fue en las negociaciones por alcanzar la paz; sin él posiblemente el Papa Juan Pablo II no habría visitado tres veces Guatemala, sin él no se encontraría en los altares el Beato Hermano Pedro de Betancourt.
Cuánta falta nos hará a nosotros los guatemaltecos monseñor Quezada, quién será en el futuro un Cardenal de la Iglesia Católica nacido en nuestro país, cuánto tiempo pasará para que encontremos de nuevo un pastor tan respetado por todos los guatemaltecos, no importando la fe que profesen; sin embargo, él ya goza de la paz y de la alegría de estar ante el Ser Supremo que todo lo ve, que todo lo puede.
Con fe esperemos que por su intermediación se reduzca la criminalidad, la injusticia sea cada vez menor en nuestro sistema judicial, que la distribución de los recursos que se producen en nuestro país reduzca la pobreza y más aún la extrema pobreza. Se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Qué suerte para todos nosotros los que sin excepción compartimos con él; qué inmerecido privilegio que la recopilación de mis Reflexiones transmitidas en televisión, canales 3 y 7, y mis opiniones publicadas en el diario La Hora, correspondientes al año 2010, él me haya hecho el gran honor de efectuar el preámbulo y mencionar esa relación personal que tuve con él. Qué galardón que él indicara la buena relación y comunicación que el Gobierno de la administración Portillo-Reyes tuvo con la Arquidiócesis de Santiago de Guatemala, especialmente en la tercera visita de Juan Pablo II y la canonización de nuestro Beato Hermano Pedro de Betancourt.
Por encontrarme en la etapa terrenal de la tercera edad y rebasar los 72 años, no sé cuándo de nuevo podré relacionarme con Su Excelencia Rodolfo Cardenal Quezada Toruño, posiblemente no es mucho lo que me falte, en todo caso, en nombre de toda mi familia y en especial de mis tres últimos nietos a quienes él les concedió celebrar su bautizo.
Reitero: “El Señor nos lo dio, el Señor nos lo quitó”. Descanse en paz, admirado y querido pastor.
¡Guatemala es primero!