Históricamente en Guatemala se ha arraigado el fenómeno que los partidos oficiales no vuelven a ganar las elecciones presidenciales y están destinados a su extinción, dado el fracaso de su ejercicio en el gobierno luego de la euforia de los votantes que ingenuamente creen cada cuatro años en las promesas de campaña mediante las cuales los dirigentes políticos les pintan un panorama color de rosa que alimentan sus esperanzas a favor de un cambio que nunca llega.
Si se hiciera un rápido repaso de lo que ha sido la existencia de los partidos de gobierno desde la instauración de la llamada era democrática de la época contemporánea, la cual se inicia en 1986 con el ascenso al poder de Vinicio Cerezo como el primer presidente civil después de varias décadas de gobiernos autoritarios de corte militar, es fácil detectar el denominador común del debilitamiento de esas organizaciones políticas.
La Democracia Cristiana que se caracterizó por tener una estructura muy sólida hasta en los lugares más recónditos del país, sucumbió en las últimas elecciones generales al no obtener el mínimo de votos necesarios para mantener la estatura de partido político que exigen las leyes del país. El partido MAS, Movimiento de Acción Solidaria que condujo al poder al presidente Jorge Serrano Elías en 1991, nunca más volvió a levantar la cabeza.
El Partido de Avanzada Nacional, PAN, que hizo gobierno con ílvaro Arzú como presidente de la República también se desmoronó después de perder las elecciones frente a Alfonso Portillo, candidato del Frente Republicano Guatemalteco, FRG. El PAN que en su momento fue el principal partido de la oligarquía es actualmente un cascarón vacío.
El FRG también salió mal librado tras su paso por el poder. Luego de contar con una bancada fuerte durante la última legislatura, actualmente tiene pocos diputados. El anterior partido oficial, la Gana o Gran Alianza Nacional, que llevó a la Presidencia al empresario í“scar Berger, también está en un proceso de agonía. La profunda división en sus filas afloró ayer con la renuncia del ala de trece diputados comandada por su Secretario General, Alfredo Vila. Este partido que fue la expresión de los intereses de los grupos del poder económico del país, siempre estuvo pegado con chicle, reafirmando la hipótesis de la existencia de una sorda lucha de poder entre las distintas fracciones de la clase dominante.
Y el actual partido oficial, la Unidad Nacional de la Esperanza, UNE, también está cavando su propia tumba. Los problemas al interior de su bancada de diputados en el Congreso, evidencian que se trata de otro partido electorero, sin una ideología sólida para gobernar.