La muerte de Jorge Skinner-Klée


Hace ya algunos años que Jorge Skinner-Klée se habí­a desaparecido del escenario polí­tico nacional, afectado por una enfermedad que le apartó de esa cruda y lamentable realidad que nos está tocando vivir, pero su muerte constituye una pérdida importante para el paí­s porque se trata, sin duda alguna, de una de las personas más ilustres que ha tenido no sólo nuestro mundo polí­tico, sino que también el foro nacional.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Siempre dentro de una lí­nea ideológica, Jorge se mantuvo fiel a sus creencias a lo largo del tiempo y actuó de acuerdo con sus principios. Ya en la Universidad destacó por su agudo criterio y luego fue uno de los jóvenes en los que confió el entonces Jefe de las Fuerzas Armadas, coronel Francisco Javier Arana, para delinear su movimiento polí­tico, truncado en el Puente de la Gloria cuando por orden del Congreso de la República Arana habí­a sido removido del alto cargo castrense e iba a ser capturado en el nunca esclarecido incidente que terminó con su muerte.

Su formación jurí­dica le hizo destacar en las tres asambleas constituyentes de las que fue parte y su vocación de internacionalista le hizo desempeñarse en el servicio exterior y, sobre todo, en la conducción de la polí­tica externa de Guatemala cuando ocupó la cancillerí­a. Tras haber participado en los gobiernos y Congresos posteriores a la Liberación junto a los dirigentes de ese movimiento anticomunista de Guatemala, el último tramo de su actividad polí­tica, a partir de la Asamblea Nacional Constituyente de 1985 lo recorrió junto a los partidarios de Jorge Carpio Nicolle en la UCN, tratando de articular un nuevo movimiento polí­tico ajeno a las paralizaciones ideológicas que tanto daño le hicieron al paí­s en los años más cruentos de la guerra frí­a.

Obviamente una personalidad tan fuerte y polémica como la suya no podí­a pasar de ninguna manera desapercibida y a lo largo de tantos años de actividad pública, Jorge ganó muchí­simos amigos y también se hizo de varios adversarios y de gente que, tras haber sido objeto de su mordaz expresión, terminó detestándolo. Pero indudablemente que tanto en sus aportes constitucionales, su participación en el diseño y conducción de la polí­tica exterior como en su fina y muy peculiar ironí­a para referirse a nuestro mundillo polí­tico, era apreciable su enorme talento, su conocimiento de la historia y de las fortalezas y debilidades del ser humano.

Personalmente tuve el gusto de tratar a Jorge y de cultivar con él amistad a pesar de la diferencia de edad. Algunas veces discrepamos y otras tantas coincidí­amos, sobre todo cuando se trata de analizar temas puntuales como los de la corrupción y la impunidad. Disfruté mucho su sarcasmo cuando lo usaba de manera absolutamente certera para escarnio de muchos de nuestros mal llamados dirigentes y siempre vi en esa su forma tan propia de expresión la indiscutible muestra de un talento extraordinario porque pocas artes tan difí­ciles como el manejo fino de la ironí­a que en Jorge eran absolutamente natural.

Hace algunos años su esposa y una de sus hijas me comentaron de las dolencias que sufrí­a y me entristecí­ al saber que uno de los cerebros más brillantes que ha tenido Guatemala hubiera sucumbido ante el mal de nuestros tiempos. Pero hoy, al saber de su muerte, pienso si en su enorme sabidurí­a no fue que Tuna nos dio una muestra de que también hay otras formas de vivir en Guatemala y no sólo loco o borracho, como alguna vez dicen que dijo Asturias. Un abrazo para sus deudos, especialmente para Concha su esposa.