La muerte de esos y tantos otros niños pequeños


Oscar-Clemente-Marroquin

Este fin de semana fue especialmente duro al ir conociendo detalles de las víctimas de la masacre de Newtown, pequeño poblado de Connecticut donde un joven mató a 20 niños y seis maestras, entre ellas la directora y la sicóloga del colegio Sandy Hook. Ya he dicho en algunas ocasiones que siempre me duele y molesta cuando algo malo les ocurre a los niños y especialmente desde que soy abuelo me he vuelto mucho más sensitivo en esa materia porque fácilmente les pongo el rostro de mis nietos a los que sufren alguna desgracia.

Oscar Clemente Marroquín
ocmarroq@lahora.com.gt


El tema de la regulación al derecho constitucional a la tenencia de armas se ha actualizado ahora en Estados Unidos y ha sido impresionante la forma en que reaccionó el presidente Barack Obama al acudir a Newtown como portador de la solidaridad de todo el pueblo norteamericano. Personalmente no encuentro asomo de explicación a esa barbarie de entrar a una escuela llena de niñitos absolutamente indefensos e inocentes para realizar una carnicería como la perpetrada por ese muchacho. Muy desquiciado puede estar alguien, pero vaciar tolva tras tolva en contra de niños de 6 y 7 años, metiendo una gran cantidad de balazos a cada uno de esos pequeños, está fuera aún de los parámetros más exagerados que pueda haber.
 
 Precisamente pensando en eso, a lo largo de estas horas llenas de sentimientos de profundo pesar, no pude dejar de pensar en cuántos niños guatemaltecos sufrieron igual tipo de trato durante nuestra guerra interna, cuando se arrasaron pueblos enteros y se eliminó aun a los niños que aún eran amamantados por sus madres. En el caso de Estados Unidos se atribuye la masacre a un joven con desequilibrio mental, pero en nuestro caso eran acciones ejecutadas por soldados que seguían órdenes precisas de castigar a los habitantes de comunidades señaladas de haber colaborado con la guerrilla.
 
 Siento nuevamente que me hierve la sangre, como lo sentía cuando leí esos testimonios desgarradores que dan cuenta de cómo a golpes fueron asesinados algunos pequeños cuyas cabezas fueron destrozadas. Y no entiendo cómo puede haber quien se oponga a que esos casos sean juzgados como lo que son, es decir, como delitos de lesa humanidad.
 
 Ha sido posiblemente el Caso Siekavizza el que más me ha permitido mostrar mis sentimientos cuando se hace sufrir a un niño y es porque ese caso ha revestido especiales características personales para mí. Gente a la que alguna vez quise y aprecié mucho se ha ganado para siempre mi desprecio por la forma en que han dicho que les vale madre (usando por supuesto expresiones más soeces) lo que les pase a esos niños. Puede que se trate de una forma de expresar frustraciones y manifestar amarguras o culpabilidades exacerbadas por ese caso, pero yo no puedo entender y menos perdonar esas expresiones de absoluto desprecio para la situación y peligro de esos pequeños.
 
 Este fin de semana abracé de manera muy especial a mis cinco nietos que viven en Guatemala y me puse en contacto con mis hijos que viven fuera para compartirles mi necesidad de sentir cerca a la familia. No puede uno generalizar pensando que la humanidad está patas arriba por casos como el de Connecticut, pero indudablemente que no puede uno ver sin conmoverse la reiteración de asesinatos en masa como los que se han visto recientemente en Estados Unidos. Pero sobre todo como guatemaltecos no podemos ignorar que aquí, sin que muchos de los que vivimos en la comodidad del área urbana nos diéramos por enterados, también hubo acciones brutales contra niños tan inocentes, tan risueños y juguetones como los que estaban en Sandy Hook el pasado viernes.