Como todas las mañanas salió con el tráfico en contra. Automáticamente sintonizaba el noticiero para saber de antemano cuál era la razón del extracongestionamiento y si habían reportes de motos al ataque en su ruta. Aunque igual reportadas o no ahí estaban, vigilantes, en sus marcas, listas…
cnavasdangel@yahoo.es
Llegó a la oficina en donde los papeles simulaban un rascacielos a escala sobre su escritorio. La burrocracia, que así se escribe por los que la provocan, lo tenían desde hace tiempo hastiado. Iba y venía de una reunión a otra. De aquí para allá, sin parqueo incluido. De allá para acá para redactar el informe de lo ocurrido allá, válgame.
Cada vez que encendía el auto sentía de nuevo esa sensación de vacío en la panza, provocada, obvio, por el miedo que en Guatemala es parte ya de la identidad de cada persona, desde que la razón o en todo caso desde que la necesidad le obliga a batirse en duelo en ese campo de concreto en donde ladrones, policías y todo el que estuviere mal parado tiene que encontrarse para el enriquecimiento de las pesadillas nocturnas y los récords de indicadores de países no adecuados para visitar, y con peor calidad de vida. Huyyyyy.
Y no era para menos, tan sólo ese mes ya había sido apuntado por una pistola dos veces a cambio del celular. Eso es algo que tampoco escandaliza, casi todos los que tienen, que son ya muchísimos por no decir casi todos, pese a la pobreza y bla bla bla, han perdido por decirlo de otra forma, su teléfono móvil en un atraco.
Así que persignado, con el aparato bajo el sillón, los vidrios hasta arriba y el calor quemándolo como en el Petén, emprendió camino de vuelta a su casa, por supuesto, con el tráfico en contra. Las colas como siempre larguísimas y las miradas de todos los conductores girando en busca del que sobre un vehículo de dos ruedas puede, si quiere mandarlo lejos de esta vida, tan solo con halar del gatillo.
El semáforo estaba en rojo, los policías de Emetra estaban a dos carros de distancia y la gente corría presurosa, como chapines claro, para cruzar la calle. Viendo esto escuchó de nuevo ese sonido espeluznante del arma contra el cristal, los nervios no le permitían encontrar el teléfono. El arma se activó. La vida entera, sus hijos, sus sueños pasaron por su mente como un flashazo. Abrió la puerta, se agachó, el arma bajó con él y el celular voló hacia el delincuente mientras el carro se deslizaba en el espacio que la luz verde había abierto.
Dos cuadras adelante, paró, las piernas le temblaban, el corazón latía fuertemente. Lloró. El titular del noticiero rezaba: No hay acuerdo entre diputados y telefónicas…