La moral de la OEA


La consideración de «histórica» como se ha adjetivado el gesto de la OEA al dejar sin efecto la resolución del año 1962 en la cual se expulsa a Cuba, se debe interpretar en el justo ángulo del devenir de la historia. La moral polí­tica de este foro y la de sus integrantes ha estado confrontada desde ese año. El acto de la semana pasada en San Pedro Sula, expuso la audaz polí­tica exterior de unos, y la culpa y el sentimiento de expiación de muchos que no soportaban la vergí¼enza; he ahí­ lo histórico, si algo hay que resaltar de esa semana, es que la resolución confirma la moral corrompida de un foro que se autodenomina democrático.

Julio Donis

Desde el inicio de los sesentas hasta hoy en los albores de siglo XXI muchas posiciones han cambiado como infamias se han mantenido en el escenario de la imposición hegemónica de una lógica de poder y de pensamiento. La OEA no se lavó la cara con la resolución en debate, se la lavaron varios de sus miembros, pero algunas de las manchas seguirán allí­ como huellas que percuden, inevitablemente, la blanca tela de la inocencia democrática perdida desde hace mucho, y permanecerán para recordarnos el curso y las intenciones que se volvieron hechos históricos.

La resolución que literalmente dicta en el segundo de sus acuerdos que la participación de la República de Cuba será el resultado de un proceso de diálogo, como requerimiento del Gobierno de Cuba y de acuerdo a los principios, propósitos y prácticas de la OEA, abre la puerta para la recomposición de las posiciones en el tablero de América. Cuba por su lado se regocija por el hecho y se regocija más porque mantiene la entereza de su dignidad, al reiterar su rechazo a la reincorporación en el foro de la OEA, lo cual a su vez se convierte en capital de negociación diplomática, en el marco de dos nuevas formas de hacer polí­tica, la de Obama y la de Raúl Castro.

Apoyar hoy el levantamiento del embargo a la isla supondrí­a mejores condiciones, aunque también otros costos especialmente para paí­ses como México, Chile o incluso el mismo Brasil, que tuvo un papel determinante en lo sucedido en Honduras. Los del ALBA serán soporte polí­tico seguro; pero otros como Guatemala, aún no desarrollan criterio y posición propia porque están atados a la lógica maniquea del bien contra el mal.

Las palabras de Thomas Shannon, responsable para América Latina del departamento de Estado, sobre el interés de no revivir viejas batallas o vivir en el pasado, son consonantes con la nueva polí­tica de Obama y con seguridad el gesto en San Pedro Sula forma parte de la agenda de temas que están marcando la diferencia en esta administración post Bush. Basta seguir la pista de lo que sucedió inmediatamente en El Cairo, lugar en el que se dictó un mensaje como nunca, que marca un gesto en la recomposición de la relaciones entre Estados Unidos y mundo árabe; naturalmente hay otros poderes dentro de ese paí­s que se resistirán al cambio.

La reconfiguración de poderes solo alcanza formalmente a los Estados, pero no hay que olvidar que en el mundo de hoy actúan fuerzas con mucho más poder que los mismos Estados. Los intereses en juego son mundiales y privados. Sobre esos lí­mites de la geopolí­tica, Estados Unidos interpreta una América Latina con una correlación y una identidad polí­tica que no es la misma de los frí­os sesentas. Los paí­ses de la región por su lado son conscientes de los cambios y costos que ha experimentado Estados Unidos con el legado de la era Bush y de las esperanzas con la era Obama. Y la vieja OEA con sus atávicos cuadros y acostumbrada al estilo de gestión hemisférica desde la sede en Washington, deberá someterse a un examen de conciencia que incluya la revisión misma de su carta democrática, porque hasta la semana pasada dicho instrumento estaba deslegitimado por principio.