La Misa


Un dí­a, del año de 1999, visite el Centro de Estudios Económicos y Sociales (CEES) buscando algún libro que pudiera comprar. Entre tantos libros, revistas y folletos entre los cuales podí­a elegir, habí­a uno, un folleto pequeño, como de 30 páginas, con un tí­tulo enormemente llamativo, especialmente por el tema y por su autor. «La Misa por Muso». Rápidamente lo incorporé a la torre de libros que habí­a seleccionado y me los lleve. Después del almuerzo, por pequeño y por la curiosidad que me habí­a provocado, lo leí­. Me reí­ de las ocurrencias, de los personajes, de las historias y de los hechos relatados y mi imaginación hizo posible representarme a Muso en una misa de cuerpo presente, que a la hora del sermón en lugar de cabecear como tantos lo hacen, sacó papel (o servilleta, que siempre lo acompañaban en el bolsillo de su saco) y pluma y se puso a escribir.

Lucí­a Olivero Garcí­a

Dí­as después me lo encuentro en un funeral. Yo por salir de prisa me puse un zapato negro y uno azul. Cuando me acerque a saludarlo le dije: «no mire para abajo, porque después en su próximo folleto va a decir «vi a mi alumna con un zapato de uno color y el otro de otro». Por supuesto que él sabí­a a qué me referí­a y se sonrió. Además, le conté que tanto nuestra amiga Olga como yo estábamos con la inquietud de saber si ya tení­a el nombre del confesor de Jaime, porque necesitábamos visitarlo para que nos diera la absolución. Eso, le gusto más.

Unos meses más tarde en la inauguración de la Universidad Mesoamericana, la cual habí­a sido parte de la Universidad Francisco Marroquí­n, me dijo que en la Universidad me iba a dejar un sobre con unas fotos que me gustarí­an mucho. Dí­as después, recibí­ el sobre ofrecido, dentro de él vení­an dos fotos suyas, hincado en un confesionario y de confesor, nada menos que el Padre Eterno, con una nota que decí­a: «í‰ste es el confesor de Luis (quien era el personaje que relataba lo sucedido en La Misa) quien ya me impartió la absolución.

Muso, en su folleto La Misa, en sus primeras lí­neas usted nos dice: «Lloví­a a cántaros y la gente se habí­a empapado por acompañar a los deudos…»

La tarde del miércoles, 4 de agosto, cuando í­bamos camino a dejarlo a su morada eterna, llovió a cántaros y muchos de los tantos amigos, alumnos y parientes, nos mojamos para acompañar a Olga, a sus hijos Olga Marí­a, Carmen, Inés, Manuel, Andrés e Isabel; a sus hijos polí­ticos y nietos, en ese lindo lugar que usted escogió para ser sepultado. Estando allí­, entre las preces de los monjes, se me agolparon los recuerdos y vino a mi memoria su folleto y pensé que usted nunca pensó en la similitud de su final al de su relato. Pero, déjeme decirle, que al final de su entierro el cielo se descubrió y fue una tarde espectacular. Una vista del lago linda. Usted nos regaló, además de tantas otras cosas, esa bella tarde.

En las lí­neas finales del La Misa usted se pregunta: «Â¿Quiénes irán a venir a mi misa? ¿Será que a mi me toca la próxima? Mejor averiguo quién es el confesor de Jaime.» Le cuento que por contemplar la belleza del Monasterio no vi si llego Huber y si estuvo estirando el cuello. Tampoco vi si estaba Rafa Méndez. El que seguro no estaba fue Iván, ese sí­, no se atrevió a llegar. Se que no le siguió a Fernando, ya que fueron 11 años entre La Misa y su deceso. 11 años muy productivos de su parte; ¡Cuántas conferencias dictadas! ¡Cuántos seminarios dirigidos y asistidos! ¡Cuántos libros y artí­culos publicados durante esos años! Todo el tiempo fue invertido por usted para dejarnos una Guatemala mejor y poder algún dí­a, verla plenamente funcionar con un Estado de Derecho. Pareciera que no lo entendieron, pero no lo crea así­, la semilla fue rociada sobre distintas clases de tierra, falta esperar que germine y crezca fecunda. Por eso, se le olvidó averiguar, quién es el confesor de Jaime.

Hasta siempre Muso.