La mayor pobreza en Guatemala


Guillermo Wilhelm

Guatemala no es ni la sombra de aquel paí­s, que en una época nos dio ese ambiente tranquilo, seguro y confiable. Ese era un contexto ideal para atacar aquellos males sociales que ya se evidenciaban, fue también la mejor oportunidad para iniciar la erradicación de la pobreza, eran niveles mucho más bajos y manejables de los que ahora padecemos. Existí­a mayor confianza entre unos y otros, recuerdo aquél Mazatenango y Xelajú de los 70, años en que despedí­ a mi infancia y viví­ de manera total mi adolescencia. Cualquier hijo de vecino salí­a a la calle en cualquier momento con toda confianza, que no pasaba nada. Mantener la palabra empeñada, honrar a la sociedad y a la familia durante nuestro breve paso por la vida eran sustento de las enseñanzas éticas. ¡Ay! de aquel funcionario que era señalado de ladrón, que la vergí¼enza social lo hací­a caer en la desgracia; como aquél alcalde mazateco cleptómano de finales de los 70, que por el escarnio local no pudo estar mucho tiempo en la ciudad y tuvo que emigrar con todo y su familia. El caso del asesinato de la niña Toti, un evento que por inusual convulsionó a la sociedad guatemalteca. Sin embargo, a causa de esta guerra social hemos quedado inmunes al asombro, ya no existe nada que nos sorprenda.

Guatemala es hoy en dí­a una miscelánea de delitos y violencia, los hay de todas clases y en todos los sectores. Es indudable que estamos viviendo un ciclo muy difí­cil, pues lo que hoy intermedia y prevalece es el dinero, no importa de qué manera, lo que el dinero puede comprar es lo que cuenta. Esta es una época en la cual las cualidades del dinero son las mismas que las del que lo posee, se puede ser feo, narco o corrupto, que eso no importa, ya que en estos tiempos el dinero puede comprar hasta la mujer más bella.

No cabe duda que la mayor pobreza en Guatemala radica en que nos hemos convertido en una sociedad carente de valores, la crisis del paí­s no es fundamentalmente económica o polí­tica, es moral. Nuestro liderazgo ha sido infectado por el egoí­smo, la corrupción y el relativismo, y de esta pudrición parece que no se escapa nadie, o casi nadie. Lo peor de todo es que muchos han usado la moral como bandera, como aquél gran hipócrita que generó esperanza con su eslogan de no miento, no robo y no abuso, y después hizo el peor gobierno de la historia. Para colmo, después llega este folclórico personaje que también logra engañar desde la llanura, ya que al llegar a la función pública lo único que demuestra es improvisación e ineptitud. Hoy desvergonzadamente se declara incapaz de combatir a la violencia, afianzándonos un Estado deslucido y fracasado, dejando entre otros males una escasa infraestructura de pésima calidad y doblemente valorada.

No cabe duda que la escasez material, la violencia, el atraso y la ignorancia son sólo un derivado de esta pobreza moral que tanto nos golpea, algo profundamente preocupante por cuanto nuestro futuro se pone cada dí­a más dramático y no se vislumbra el camino para revertir este desmadre. La esperanza es que las sociedades, al igual que los seres humanos, superan sus graves crisis existenciales cuando sienten que han tocado fondo y recurren al «extremo» de avocarse a sus mejores fuerzas, eso es echando mano de sus reservas morales, apelando a la vergí¼enza ante otras sociedades, a nuestro orgullo nacional y a la familia. Esta deberí­a ser una guerra a muerte por la rectitud, el honor y la decencia, sin importar que sea larga y prolongada.