La matemática, es el por qué y no el cómo


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Un maestro se prepara el lunes para enfrentar a sus alumnos de sexto grado primaria a quienes enseña la clase de matemática. Ese maestro se formó durante tres años para graduarse de profesor de primaria y hoy se dedica a esto por un sueldo que le permite sobrevivir. Su agremiación sindical le asegura el sueldo que mes a mes le permite trabajar, en una comodidad sin mayores aspiraciones o esfuerzos. El tema de ese lunes serán fracciones y conjuntos, como manda el plan básico de primaria; él aprendió cuando era niño a revolver fracciones complejas de otro maestro que a su vez aprendió de memoria que para comparar dos fracciones con el mismo denominador, hay que comparar los numeradores.

Julio Donis


Al menos un par de generaciones de maestros han aprendido a la perfección el método y no lo cuestionan, así es y así se enseña a otros niños cuando se acercan al final de educación primaria.  Uno de los niños pregunta al maestro para qué le servirán las fracciones? Para qué sirven las matemáticas? El maestro titubeante por dentro pero falsamente tajante por fuera le dice que para la vida, y que lo más importante es saber resolver los problemas matemáticos para ganar la clase. Ese ciclo de enseñanza y aprendizaje de la matemática que se renueva y perpetúa todos los días y todos los años, entre maestros y alumnos moldeando generaciones que aprenden el cómo pero jamás se preguntan el por qué?, da por resultado un prejuicio finamente arraigado que fomenta una noción equivocada sobre la matemática, como algo difícil de la cual no se sabe su utilidad. Pocos saben que Guatemala participó en el mes de octubre, en la IV competencia Iberoamericana Interuniversitaria de Matemática, realizada en Guanajuato, México. En dicha competencia una delegación de jóvenes de la Usac compitió en una gesta de altura y de complejidad, junto a potencias de la matemática como Brasil, Colombia, México y Ecuador. El resultado de enorme mérito fue medalla de plata para los guatemaltecos Esteban Arreaga y Alejandro Vargas; de bronce para Enrique González y José Ligorría y una mención honorífica para Rafael Martínez. Pero lo que menos se conoce es que el triunfo de estos chicos fue el producto de su propio compromiso y pasión por la matemática. No hubo recursos institucionales que les ampararan como delegación y tampoco ha habido el debido reconocimiento de su Universidad, las cámaras no alumbrarán sobre sus preseas y no tendrán desfiles magnánimes como la plata de Barrondo. Sin embargo, su éxito es doblemente valioso, pues ellos además de estar convencidos del valor de la matemática, la promueven y la practican por sus propios medios; en palabras de Esteban, la idea no es acumular conocimiento sino entender, plantear y resolver problemas. Y eso se hace a través de la enseñanza que ellos mismos proporcionan a otros más jóvenes en la llamada Olimpiada de Matemática de Guatemala, fundada por Rodrigo Vásquez en el año 96. Es la mente de matemáticos la que actualmente trabaja en otros países en problemas como predecir y modificar el efecto que pueda tener sobre su flujo sanguíneo ante el hecho de colocar un corazón artificial a una persona. En este país los matemáticos serían piezas clave en la resolución de problemas como el ordenamiento vial o la predicción de modelos climáticos para la optimización de cultivos. Alejandro avizora que a este ritmo de país maquilero, ni siquiera eso será viable, pues las máquinas dominarán con eficiencia y lo único viable será lo que nos diferencia de ellas, la capacidad de pensar, de encontrar los por qués.